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Alfa y omega

Lucía nació un 25 de diciembre por cesárea. Entonces el plazo de recuperación solía se de una semana, así que para el día de año nuevo estaba prevista su llegada al hogar. Pero, por razones desconocidas, a la niña le sobrevenían violentos ataques de fiebre car vez que los médicos comenzaban a tramitar el alta. El 6 de enero nació en el mismo hospital Alejandro, de parto natural. Ambos bebés durmieron cuna con cuna durante dos noches y solo cuando se llevaron al niño desaparecieron los ataques de Lucía.

Volvieron a coincidir en la guardería, donde jugaban juntos a diario. El día que alguno de los dos faltaba al centro, el otro pasaba las horas de mal humor, llorando por cualquier causa y aislado del resto de niños.

Ahí se acabaron las coincidencias. Luego, Alejandro se fue con sus padres a otra ciudad. Allí creció, allí se educó y allí terminó formando una familia, y luego otra y luego dejó de intentarlo. Lucía se pasó la infancia y luego la vida notando que algo le faltaba, nunca terminaba de estar a gusto del todo. Fue coleccionando profesiones y matrimonios, hasta tres, las mismas veces que llegó a ser madre. 



Pasados los años, Alejandro regresó para su jubilación a la pequeña ciudad en la que nació y a la que no había vuelto nunca. Compró un pequeño piso al borde del paseo marítimo desde cuya terraza veía cada día salir y ocultarse el sol.

Lucía por entonces intentaba llenar su eterno vacío ayudando en la crianza de sus nietos, a los que adoraba con una intensidad que no lograba entender del todo. Solo se permitía un rato para sí misma a diario, un pequeño rito que había comenzado con su último marido y que consistía en nadar la distancia entre los dos espigones de la playa, hiciera frío o calor.

Alejandro la vio alguna mañana que llegó especialmente temprano y pensó sin demasiado convencimiento en que podría bajar y entablar conversación con ella. Admiraba su fortaleza y tesón en aquella empresa diaria que a él le parecía poco menos que impensable. Pero no llegó a hacerlo.

A Alejandro le ingresaron en plena primera ola de la pandemia, el 7 de abril. A ella, ocho días después. Quiso el destino que ambos murieran prácticamente a la vez, el 20 de abril. Sus cuerpos fueron incinerados en diferentes crematorios y las familias recibieron sus restos en pleno confinamiento.

Las hijas de Lucía organizaron una ceremonia en el mar, frente a la playa que tanto le gustaba. Se adentraron en una lancha alquilada y disimuladamente vaciaron la urna en el agua.

A la misma hora, el hijo de Alejandro, desde el monte que coronaba aquella ciudad que su padre había elegido para morir, se orientó a favor del viento y agitó la urna para esparcir mejor sus cenizas. Aunque hasta ese preciso instante el viento había sido muy suave, se activó un intenso terral que las levantó y las impulsó en dirección al mar.



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