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Un corazón corporativo roto


En las muchas noches de insomnio había imaginado cada detalle, desde el tipo de pistola hasta la forma de las salpicaduras de sangre y sesos sobre el cristal de la ventana. Por eso aquella mañana todo tenía un cierto aire de déjà vu: el saludo del guardia jurado al pasar por el torno de entrada, los problemas de velocidad en el ordenador al conectarse a la intranet de la empresa, la redacción del correo al consejero delegado con copia a la directora de recursos humanos, la frase me habéis roto el corazón, el tacto del metal de la pistola, los segundos de intensa duda, la extraña forma de vía láctea de su cerebro en el cristal, la llegada precipitada de la policía, los comentarios de los compañeros, no lo supimos ver, se le notaba triste, ¿quién se lo dice a su mujer?

 

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Hurgando en el alma

A veces los humanos nos enfrascamos en manías incontrolables, en gestos que no somos capaces de evitar y que nos hacen vulnerables a los demás, pues nos dejan en evidencia y nos muestran débiles y hasta ridículos ante el mundo. Yo hace días que vengo sufriendo una, aunque no se trata de un movimiento físico. Ojalá fuera eso. He notado que, cada vez con mayor frecuencia, me pongo a hurgar en mi alma. Sé que suena raro, y hasta increíble, pero lo cierto es que desde que descubrí que la tengo, no puedo dejar de meter el dedo en ella y remover. Y, para colmo, lo que me produce más placer es rascar los residuos del fondo, los que están pegados a las paredes. Y cuando lo hago, el humor se me transforma y me vuelvo un ser arisco e irritable. No sé que hacer para deshacerme de esta funesta manía. Sobre todo porque el otro día, no sé en que zona rasqué, que sentí morir, y he cogido miedo. ¿No habría algún sistema para cambiar este tic por otro más sencillo como el de comerse las uñas?

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Quise ser

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