Ir al contenido principal

El pecado (I)

Alvarado esperó en la penumbra del templo, casi agazapado junto a una de las columnas de la pared oriental. Cuando el viejo cura entró en el confesionario, abandonó precipitadamente su escondite y se abalanzó al confesionario antes de que alguna de las beatas se le adelantara.

– Padre, ¿podéis confesarme de un pecado aún no cometido?

– No son formas estas de iniciar una confesión, como bien sabéis, pero a vuestra pregunta debo responder que no es posible, puesto que debe mediar arrepentimiento y vos no estáis arrepentido, puesto que vuestra intención es cometer el pecado.

– Ya veo, en ese caso no tengo más que hablar con vos.

Con precisión quirúrgica, Alvarado pasó por el enrejado su espada, clavándola en el ojo del confesor, que instantes después moría cuando la punta de acero atravesó su masa encefálica.
Luego, entre los gritos de las feligresas, abandonó la Iglesia y se encaminó al Guadalquivir, donde tiró el arma, convencido de que no volvería nuca más a matar. La venganza había terminado.

Comentarios

son estas las cosas que me dejan pensando el resto del dia, usualmente despues que leo no mas de 15 al dia, saludos
Anónimo ha dicho que…
Me parece un acierto, una diana en el mismo centro del 10...

Entradas populares de este blog

Hurgando en el alma

A veces los humanos nos enfrascamos en manías incontrolables, en gestos que no somos capaces de evitar y que nos hacen vulnerables a los demás, pues nos dejan en evidencia y nos muestran débiles y hasta ridículos ante el mundo. Yo hace días que vengo sufriendo una, aunque no se trata de un movimiento físico. Ojalá fuera eso. He notado que, cada vez con mayor frecuencia, me pongo a hurgar en mi alma. Sé que suena raro, y hasta increíble, pero lo cierto es que desde que descubrí que la tengo, no puedo dejar de meter el dedo en ella y remover. Y, para colmo, lo que me produce más placer es rascar los residuos del fondo, los que están pegados a las paredes. Y cuando lo hago, el humor se me transforma y me vuelvo un ser arisco e irritable. No sé que hacer para deshacerme de esta funesta manía. Sobre todo porque el otro día, no sé en que zona rasqué, que sentí morir, y he cogido miedo. ¿No habría algún sistema para cambiar este tic por otro más sencillo como el de comerse las uñas?

El oasis maldito

Durante siglos, los tuaregs han contado la historia del oasis maldito. Con pequeñas diferencias, a lo largo de generaciones han narrado que existe un oasis que cada cien años, o cada 50, o cada 25, emerge desde debajo de las arenas. O viaja sobre las dunas móviles, empujado por el viento. O, simplemente, se materializa. También hay variaciones con los protagonistas. A veces son caravaneros, cada vez menos; otras, un jinete perdido en medio de una tormenta o, últimamente, algún piloto del París-Dakar extraviado. Solo se mantiene sin variación la consecuencia de entrar en su dominio. Una vez que has probado su agua, estás perdido. Si bebes y te marchas, acabarás muriendo de sed en el desierto, porque fuera del oasis la deshidratación se acelera y ninguna otra cosa que puedas beber te saciará. Pero si bebes y, además, pernoctas, entonces te quedarás para siempre, atrapado en el tiempo, condenado a una eternidad de soledad con el único alivio de poder calmar la sed.   Foto: @DUA Es una...

Dos puntos

No le había prestado demasiado atención al premio. En el fondo pensaba que no tenía ninguna posibilidad de ganar, y en ningún caso esperaba atraer la atención de nadie. Llevaba ya más de 250 cuentos escritos y apenas había recibido visitas en todo ese tiempo. Sin embargo, para su sorpresa, comenzaron a aumentar los accesos a su web de relatos minimalistas y su obra apareció entre las más votadas del concurso (logró 2 puntos). "¿Y si ganase?" Pensó. Y luego soñó que ganaba, que su rostro aparecía en las páginas del diario, que sus hijos le miraban con orgullo y que su suegra dejaba de ningunearle. Y fue feliz al menos una noche.