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Ludvila la pescadora

Estaba en la orilla. Los peces no querían picar, y sin peces no había comida. Desde el derrumbe de la URSS el derecho a la alimentación había sido sustituido en el seguro de inanición, del que pocos afortunados lograban zafarse, tan sólo algunos inspirados y corruptos ex-funcionarios, o los delincuentes de antaño devenidos todos a hombres de negocios.

A su espalda, un grupo de hombres miraban golosos sus insinuantes curvas mientras lanzaba una vez más el anzuelo. Eran las dos de la tarde y los peces le habían dado la espalda. Ludvila guardó parsimoniosamente los bártulos y entonces miró uno a uno a los hombres que la habían estado observando. Ellos comenzaron a sacar billetes de sus bolsillos.

Ludvila sopesó las ofertas. No le convencieron, así que negó con la cabeza. Algunos de ellos mostraron más dinero. La puja silenciosa continuó hasta que sólo quedó uno. Rápidamente calculó: tendría para dos semanas sin necesidad de volver a pescar.

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