El mariachi arrastraba sus cansados pies por las húmedas calles de un Madrid lluvioso. Buscaba algún bar en el que dejar caer sus canciones a cambio de unas monedas, o de una caña, o de lo que fuera.
El traje, descosido por varias junturas, sucio y hasta raído parecía hecho para alguian un par de tallas más grande, aunque juraba y perjuraba que era suyo, y que hasta no hace demasiado le quedaba estrecho. Un día dejó su soleado Cancún persiguiendo a una turista española que se llevó de souvenir su corazón. Pensó que sería sencillo. Pero al abandonar Barajas ya no fue capaz de volverla a encontrar, así que paseaba las calles de la ciudad, cantando sus corridos para turistas y enseñando a todo aquel que se dejara una foto en la que una mujer rodeaba con sus brazos al mariachi que fue antes de perderse.
A veces los humanos nos enfrascamos en manías incontrolables, en gestos que no somos capaces de evitar y que nos hacen vulnerables a los demás, pues nos dejan en evidencia y nos muestran débiles y hasta ridículos ante el mundo. Yo hace días que vengo sufriendo una, aunque no se trata de un movimiento físico. Ojalá fuera eso. He notado que, cada vez con mayor frecuencia, me pongo a hurgar en mi alma. Sé que suena raro, y hasta increíble, pero lo cierto es que desde que descubrí que la tengo, no puedo dejar de meter el dedo en ella y remover. Y, para colmo, lo que me produce más placer es rascar los residuos del fondo, los que están pegados a las paredes. Y cuando lo hago, el humor se me transforma y me vuelvo un ser arisco e irritable. No sé que hacer para deshacerme de esta funesta manía. Sobre todo porque el otro día, no sé en que zona rasqué, que sentí morir, y he cogido miedo. ¿No habría algún sistema para cambiar este tic por otro más sencillo como el de comerse las uñas?
Comentarios
Encontrarse perdido y abandonado por una amor de medianoche...
Espléndido relato.
:-)