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El maestro

"El origen del mal y el origen del hombre son la misma cosa".
El anciano dijo esto y luego se alejó con una sonrisa de autosuficiencia marcada en los labios. El joven aprendiz, anonadado nuevamente por las palabras del maestro, tomó nota de la sentencia y se retiró a su celda para desmenuzarla y empaparse de ella hasta la hora de la siguiente oración.
Antes del último servicio lo volvió a encontrar en la biblioteca, y entonces le dijo que si el mal y el hombre habían nacido a la vez, el hombre era, en realidad el propio ángel caído, lo que implicaba un error en las escrituras, o que la sentencia era falsa.
"El origen del mal, del bien y del hombre son la misma cosa". Fue la respuesta del viejo.
El aprendiz no pudo dormir aquella noche, y antes de la primera hora ya estaba esperando al sabio a la puerta de su raquítico aposento. Esta vez ni siquiera hizo falta que el chico abriera la boca. "Haz lo que tengas que hacer".
Aquella misma tarde el viejo fue acusado de hereje y de pervertir la fé de los inocentes.

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