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Sandra la felina

Sandra paseaba por la playa, jugando con los regueros de espuma con los que le regalaba el mar en sus suaves idas y venidas a la orilla. Manejaba con soltura las ancestrales artes de la seducción y lograba que los ojos de todos convergieran en ella. Los hombres, admirados con su belleza y caminar felino, y las mujeres por el instinto de competición.
Sandra era incapaz de pasar desapercibida en ningún sitio, su naturaleza y su carácter eran incompatibles con la discreción. De ello daban fé su armario y su larga colección de conquistas.
Pero, paradójicamente, ninguna de esas conquistas era la que ella deseaba de verdad. Sólo un hombre era inmune a sus encantos y él era precisamente el objeto de sus deseos.
Para su desgracia, Manuel, su querido amigo Manuel prefería los misterios de la fé a los de sus brazos y por más que ella le contara confesiones arrasadoras en busca de un atisbo de celos, nunca logró nada más que un perdón genérico a sus pecados.
Tal vez por eso fue la única de la ciudad que no se sorprendió cuando los medios publicaron el escándalo provocado por Manuel y otro sacerdote que habían abandonado el sacerdocio para iniciar una nueva vida de pareja, juntos.

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