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La devoradora de almas

Decían de ella que coleccionaba hombres como otras zapatos o bolsos. Normalmente le bastaba una sonrisa, una leve caída de ojos o una mirada cómplice. Sólo en raras ocasiones tenía que echar mano de trucos más sutiles: roces tímidos, escotes vertiginosos o lascivos cruces de piernas.
Decían de ella que sólo una vez estuvo a punto de enamorarse de su presa. Por desgracia, no fui yo. Me habían advertido, me habían vaticinado que lo intentaría, que querría aumentar su colección de conquistas conmigo. Y , estúpido de mi, me dejé cazar en cuanto nuestros ojos se cruzaron. Desde el primer momento quise creer que ella me amaba, y desde el principio supe que tan sólo era uno más.
No buscaba dinero, no quería lujos. La intenté retener prometiéndole el mundo entero, cubriéndola de joyas y de oro, encerrándola en un viaje perpetuo. Pero fue en vano. Cuánto más me esforzaba en mantenerla a mi lado, más distante la sentía.
Al final me abandonó, llevándose solo su ropa. Y, con ella, se marchó mi alma devorada por los celos y la soledad.

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