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@Orsai

La primera vez que oyó hablar de ella, pensó que estaría bien publicar en esa revista. Cuando leyó los primeros números, el pensamiento se transformó en deseo. Y, con el paso de las horas, el deseo terminó mutando a obsesión. Primero escribió decenas de mails a un tal Casciari, el editor. Luego comenzó a autocitarse en los comentarios de los artículos más leídos. Y, en un arrebato de desesperación, llegó a inventar una enfermedad terminal para dar lástima y que alguno de sus relatos llegara por fin a adornarse con la mención en aquellas páginas sagradas. Pero nada funcionó. Tras meses de infructuosa dedicación tuvo una idea, la idea. Escribió un cuento, uno de esos que no tenían más de 15 líneas, lo tituló @Orsai y esperó.

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Hurgando en el alma

A veces los humanos nos enfrascamos en manías incontrolables, en gestos que no somos capaces de evitar y que nos hacen vulnerables a los demás, pues nos dejan en evidencia y nos muestran débiles y hasta ridículos ante el mundo. Yo hace días que vengo sufriendo una, aunque no se trata de un movimiento físico. Ojalá fuera eso. He notado que, cada vez con mayor frecuencia, me pongo a hurgar en mi alma. Sé que suena raro, y hasta increíble, pero lo cierto es que desde que descubrí que la tengo, no puedo dejar de meter el dedo en ella y remover. Y, para colmo, lo que me produce más placer es rascar los residuos del fondo, los que están pegados a las paredes. Y cuando lo hago, el humor se me transforma y me vuelvo un ser arisco e irritable. No sé que hacer para deshacerme de esta funesta manía. Sobre todo porque el otro día, no sé en que zona rasqué, que sentí morir, y he cogido miedo. ¿No habría algún sistema para cambiar este tic por otro más sencillo como el de comerse las uñas?

El oasis maldito

Durante siglos, los tuaregs han contado la historia del oasis maldito. Con pequeñas diferencias, a lo largo de generaciones han narrado que existe un oasis que cada cien años, o cada 50, o cada 25, emerge desde debajo de las arenas. O viaja sobre las dunas móviles, empujado por el viento. O, simplemente, se materializa. También hay variaciones con los protagonistas. A veces son caravaneros, cada vez menos; otras, un jinete perdido en medio de una tormenta o, últimamente, algún piloto del París-Dakar extraviado. Solo se mantiene sin variación la consecuencia de entrar en su dominio. Una vez que has probado su agua, estás perdido. Si bebes y te marchas, acabarás muriendo de sed en el desierto, porque fuera del oasis la deshidratación se acelera y ninguna otra cosa que puedas beber te saciará. Pero si bebes y, además, pernoctas, entonces te quedarás para siempre, atrapado en el tiempo, condenado a una eternidad de soledad con el único alivio de poder calmar la sed.   Foto: @DUA Es una...

Quise ser

Quise tiempo para hilvanar palabras, y lo tuve. Quise obtener los favores de la más bella, y los logré. Quise llegar más lejos y, a base de caminar, llegué. Sin embargo, mi alma no encuentra la paz, siempre hay algo más que desear. Quise dejar de soñar, y no pude.