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Mi jefe mueve la ceja

Una de las pocas ventajas que te proporciona la edad es precisamente la acumulación de experiencia. Tener más de 50 no me permite hablar de la Guerra, ni siquiera de a postguerra. Bastante de la Transición, el mayor logro de mi generación. Como decía, el tiempo vivido es sinónimo de acumulación de vivencias, que debidamente procesadas por el cerebro se convierten en experiencias de referencia. A lo largo de mis años de profesión, que han sido muchos, he tenido jefes de todos los colores: los ha habido cobardes, que se sentían atemorizados ante un joven universitario y me mortificaban con trabajos absurdos; los ha habido dictatoriales, que no se atenían a ninguna razón que no fuera la suya; los ha habido colaboradores y dialogantes, los menos.
Jamás antes había tenido un jefe de porcelana. Hierático y silencioso hasta el ridículo, pero también colérico en la orden; sordo a la explicación y falso en la transmisión de la realidad. A este jefe que apenas mueve los labios cuando habla hay que mirarle la ceja. Porque cuando miente o cuando no está seguro de lo que dice, le delata una leve curvatura en la ceja izquierda. Ya digo, la experiencia es un grado, y desde que descubrí el truco de la ceja, lo tengo en mis manos.

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