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Los hoyuelos


Vigilaba sus pasos con el rabillo del ojo, atento al movimiento de los hoyuelos. Mientras, el masajista seguia amasando sus músculos con la determinación de un cruzado medieval. Los recios brazos sacudían sus piernas, condoliendo cada una de las fibras flexibles de sus gemelos y haciendo que un hilo de estremecimiento recorriera su espalda buscando un indeterminado lugar cerca de la sien.
Los hoyuelos, simétricos y preciosos, se habían parado cerca del suelo. Unos centímetros por encima del bikini, adornados por restos de arena en sus alrededores: hasta el color de la prenda aportaba belleza al conjunto.
Boca abajo, con las piernas doloridas y la espalda comenzando a ser masajeada, las miradas ya sólo podían ser a intervalos, aprovechando los momentos en los que la maza de dedos se alejaba del cuello. La dueña de los hoyuelos se movía imperceptiblemente. Cada vez que podía fijarse en ellos, estos habían modificado ligeramente su ángulo de inclinación. Puede que estuviera leyendo sobre sus piernas cruzadas, o que simplemente estuviera charlando con unos amigos, aunque no oía ninguna voz que concordara con tan deliciosos agujeros.
El masaje tocaba a su fin, y en la orilla, lejos de los hoyuelos tentadores, le esperaban su hija y su marido para tomar la foto perfecta de una familia normal pasando sus vacaciones en la playa.

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