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Videotestamento

Mi nombre es Alberto Garcés Fernández. Hoy es 13 de febrero de 2222, son las 17:23 y, como atestiguan las constantes vitales que se superponen en esta imagen, me encuentro en un estado de salud acorde a mi edad.



Esta grabación personal no tendrá cortes ni será editada, convirtiéndose así en mi testamento. En el momento de terminar la grabación la incorporaré a la cadena de bloques del Registro General Estatal de Últimas Voluntades y dejará sin validez cualquier otro documento previo ya sea escrito, oral o visual en el que exprese algún deseo o idea, general o concreta, en torno a mi muerte y al destino y reparto de mis bienes, activos financieros y suscripciones.

En primer lugar, nombro como mi albacea testamentaria a mi querida hermana menor, Sonia Ángeles Hernández de las Heras, quién podrá tener acceso a mi archivo maestro de contraseñas, con el fin de que pueda administrar la baja en los diversos servicios de pago diario, semanal y mensual. Ella será, por añadidura, quién pueda disfrutar de los meses que restan de los servicios de televisión, música, transporte personal, sexo y limpieza de pago semestral o anual. Para ella serán también todos los bienes personales que se encuentran en el apartamento número 13 B del edificio Las Canteras, sito en la Calle de las Gardenias, 15, de la Aglomeración Urbana de Almería Litoral.

También ella gozará del derecho de alquiler preferente de dicho apartamento. En el caso de que no quiera ejercerlo, que será lo más probable, nadie más podrá hacerlo, quedando el apartamento a lo que decida Holding Casas Felices, su legítima propietaria.

Finalmente, los saldos finales de mis activos financieros serán ingresados en mi cuenta personal de Hacienda, de forma que mi coste social se minimice en la medida de lo posible.

Creo que, después de esto, no queda nada más por repartir.

Bueno, me gustaría añadir que me encantaría haber dispuesto de algo más de saldo de vida. Ya sé que tendría que haberlo pensado antes y haberme esforzado por lograr algún empleo de mayor valor añadido social, como hizo Sonia. Pero cuando uno es joven y estúpido, y yo lo era mucho, el alcanzar el saldo cero siempre parece muy lejano. Hoy, con poco más de 67 años y con una esperanza de vida de más de 98, tener que saldar ahora mi cuenta resulta terriblemente doloroso. Tal vez, si el período exento de contabilización hubiera sido más corto, habría tenido antes que preocuparme por mi saldo social y habría tomado otro tipo de decisiones. O puede que hubiera tenido algún hijo, una de las aportaciones al Común más valiosas y que más contribuyen al alargamiento de la vida posjubilación.

Sonia fue más lista que yo. Optó por arriesgar muchos años de coste neto al estudiar la carrera, pero a cambio logró un puesto de mayor valor social y, tras su jubilación, cuando cumpla los 65, dispondrá de mucho más saldo temporal para disfrutar de su retiro.

En fin, ya no hay nada que pueda hacer y, según mi cuenta con Hacienda, cada día que pasa le cuesto al Común en torno a 7.823,61 nuevos euros. Por desgracia, alcancé el saldo neto hace dos días y mis vecinos ya han comenzado a despreciarme sin disimulo. Hoy dejaré de acumular más gasto al Común y haré lo que se espera de un ciudadano ejemplar. He programado el óbito para las 21:20 de esta noche, evitando así computar la cena pero con margen suficiente como para ver mi último atardecer.

Fechado en la Aglomeración Urbana de Almería Litoral, a 13 de febrero de 2222, hora: 17:29.


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