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El francotirador

Lleva horas apostado en la posición. Apenas se mueve, casi es imperceptible su respiración. Sabe que hoy va a matar y que es posible que le maten. Sabe que si sale vivo, más pronto que tarde volverá a estar escondido en cualquier rincón del mundo acechando a una nueva víctima.
Hasta este preciso momento no ha fallado nunca y sólo en una ocasión ha estado a punto de ser derribado. No sabe cómo, pero ha sido capaz de construir un muro entre él y los demás, de forma que lo que pasa a su alrededor apenas le importa. Y mucho menos la muerte de algún enemigo de la patria.
Nada que perder, así le llaman los compañeros. Y tienen razón.
De la casa salen varios hombres, son guardaespaldas. Rodean a su hombre, que avanza agachado hacia un todoterreno negro. Sabe que va a ser difícil, sólo dispondrá de unas décimas de segundo, si tiene suerte. Pero el objetivo no asoma en ningún momento. Piensa en disparar a alguno de los agentes y luego buscar una oportunidad, pero es demasiado arriesgado y si no acierta, posiblemente no habrá una segunda oportunidad. Ha entrado en el coche. Ya es inalcanzable.
Pero, de pronto, una niña pequeña sale corriendo hacia el automóvil. Los guardaespaldas no la pueden parar y el hombre sale del coche para abrazarla. Seguramente será su hija. Seguramente no podrá perdonarle nunca. Y, de todas formas, el tipo ya se había puesto a salvo.
Cierra los ojos y dispara.

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