Hace años que rompí amarras con la verdad. Comencé allá por 2009, cuando seguí levantándome todas las mañanas a las 7:00 para ocultarle a mi familia que había perdido el empleo. Seguí mintiendo cuando nos embargaron la casa por impago: “cariño, es un error del banco, todo se va a aclarar”. De mentir a los demás, pasé a mentirme a mi mismo: Laura volverá; no tengo un problema con la bebida; la culpa de todo fue de la crisis...
La mentira se ha convertido en la única herramienta para sobrellevar el día a día. Trabajo de teleoperador, mintiendo a la gente a horas intempestivas. Y para lograr el empleo tuve que falsear el currículum, eliminando mi título universitario y mis conocimientos de idiomas. Luego sentí que debía inventar unos recuerdos que cuadraran con dicho currículum. Ideé unos padres de pueblo que emigraron a la ciudad muy jóvenes, una infancia en el extrarradio, un coqueteo con las drogas en la adolescencia y hasta un par de detenciones. Me convertí en el protagonista de mi propio guion.
Ya no sabría parar. Es tal la costumbre que, a veces, hasta yo me creo que he rehecho mi vida y que he vuelto a ser feliz.
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