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Entradas

David Uclés muere en Tegucigalpa

Suelo contar que lo hago para controlar las citas bibliográficas, pero a mis amigos les reconozco que la verdadera causa es la vanidad. Tengo una búsqueda automática en Google con mi nombre. Hasta el pasado 12 de diciembre la mayor parte de los resultados que me mandaba el algoritmo del gran buscador eran mis esporádicas apariciones en la prensa local y numerosos cruces casuales de mi nombre y mi apellido, parece ser que hay una tecnología cuyas siglas coinciden con U.C.L.E.S.; aunque también solían aparecer otras personas con mis mismos nombre y apellido: un artista de Úbeda o un ingeniero de Barcelona. Sin embargo, aquel día el enlace me dirigía a un diario hondureño y a un titular de crónica negra: “Dentro de casa abandonada hallan muerto a un hombre en el barrio de Pueblo Nuevo” . El nombre aparecía en el subtítulo: “El fallecido fue identificado como David Uclés, de 54 años”. Por primera vez se producía una doble coincidencia, el nombre y la edad. Por supuesto, seguí leyendo la no...

Alfa y omega

Lucía nació un 25 de diciembre por cesárea. Entonces el plazo de recuperación solía se de una semana, así que para el día de año nuevo estaba prevista su llegada al hogar. Pero, por razones desconocidas, a la niña le sobrevenían violentos ataques de fiebre car vez que los médicos comenzaban a tramitar el alta. El 6 de enero nació en el mismo hospital Alejandro, de parto natural. Ambos bebés durmieron cuna con cuna durante dos noches y solo cuando se llevaron al niño desaparecieron los ataques de Lucía. Volvieron a coincidir en la guardería, donde jugaban juntos a diario. El día que alguno de los dos faltaba al centro, el otro pasaba las horas de mal humor, llorando por cualquier causa y aislado del resto de niños. Ahí se acabaron las coincidencias. Luego, Alejandro se fue con sus padres a otra ciudad. Allí creció, allí se educó y allí terminó formando una familia, y luego otra y luego dejó de intentarlo. Lucía se pasó la infancia y luego la vida notando que algo le faltaba, nunca termi...

Una vida no lineal

Creo que todo comenzó el 26 de julio de 1991. Yo acababa de terminar la carrera de Empresariales y, antes de incorporarme a un puesto de trabajo en una caja de ahorros, estaba pasando mis últimas vacaciones de estudiante en La Línea. Habíamos llegado a la playa de Levante y, como de costumbre, me lancé directamente al mar. Lo había hecho cientos de veces, pero aquella tarde calculé mal, salté con más fuerza y más cerca de la orilla que otras veces. Aunque mis brazos iban por delante, el impulso y la cercanía inesperada del fondo los doblaron, de forma que recibí un tremendo golpe en la cabeza, fruto del cual me aplasté una vértebra, perdí media paleta y el conocimiento. Recuerdo haberme despertado en mi cama completamente desorientado, haber llegado a la cocina de casa y recibir de mi madre, en lugar de un abrazo y un beso, una soberana bronca por las horas a las que había llegado la noche anterior y por la vergüenza que había pasado mintiendo a mi jefe al excusarme. Era el 12 de mayo ...

El traidor a Bolívar

Es curioso que la historia recuerde casi con la misma intensidad a los vencedores que a los traidores. Tal vez sea porque sin los segundos, los primeros tendrían menos mérito, o porque ambos son el reflejo de la propia naturaleza humana, tan capacitada para el heroísmo como para la traición. Por eso el caso del general Roberto Enríquez resulta tan llamativo. Un hombre que había liderado la revuelta contra el gobierno del rey. Un hombre que había combatido hombro con hombro con Bolívar, y que había planteado la estrategia de decenas de batallas victoriosas para los suyos. Un hombre al que sus soldados idolatraban. El general Enríquez, tal vez envidioso de los éxitos de su compañero de armas, tal vez cansado de batallar o tal vez simplemente comprado son el suficiente dinero, fue el responsable del atentado que casi dejó sin héroe a una revolución. Bolívar no debía haber salido vivo de aquella encerrona, pero tampoco debía llevar una guardia tan numerosa. La fortuna quiso que se encontra...

20 minutos de ternura

Sus camaradas le llaman el témpano, los demás apenas se atreven a hablarle. Ahora es francotirador, pero en un tiempo que ya queda muy atrás, porque la guerra ralentiza el paso de los días, fue cazador. Se crió en la estepa. Allí se acostumbró a la inmovilidad más absoluta en medio del frío. La guerra le ha transformado en un hombre duro y sin sentimientos. Un hombre capaz de matar a distancia y con distancia. Desde hace días va tras un tirador alemán. Es muy bueno, casi tan bueno como él. Sabe ocultarse, y casi siempre va un par de pasos por delante. Pero hoy presiente que el juego va a terminar. Hoy la sangre le hierve de forma distinta. El frío apenas le afecta, como en los buenos días de caza en su hogar. Casi puede sentir el olor del contrario. Pero lo que escucha es el llanto desesperado de un bebé. Se le pasa por la cabeza que puede ser una trampa. Aún así, se arriesga. Entra en lo que queda de la casa y lo encuentra en los brazos congelados de su madre. Sabe que el niño ya ...

El buitre naúfrago

Nadie supo cómo había llegado hasta allí. Desesperado intentó posarse en la cruceta más alta del mástil. Pero no pudo. Siguió volando hasta el siguiente barco, tampoco lo logró. Quiso planear rumbo a tierra pero poco a poco fue perdiendo altura hasta llegar a posarse, o estrellarse, en el mar. Las gaviotas fueron las primeras en entender qué estaba pasando y comenzaron a volar en círculos sobre el cadáver que adivinaban. Tardaron un poco en decidirse, pero pronto un grupo de embarcaciones se acercó para intentar rescatarle. El buitre nadaba de un barco a otro para intentar subirse a alguno. Estaba tan agotado que no era capaz de impulsarse o posarse sobre ninguno de los múltiples objetos flotantes que le acercaban los navegantes. En un momento dado, hizo un postrero intento de levantar el vuelo. Milagrosamente avanzó sobre el mar unas decenas de metros, lo justo para acercarse tanto a la tierra que luego bastó el empuje de un par de olas para llegar a la orilla. Desde los barcos, los f...

El hombre sin latido (o el prejubilado)

–No puede ser, debe haber algún fallo. La médico comprobaba las conexiones, los sensores estaban bien pegados en el cuerpo, los cables todos conectados, cada uno en su sitio, la máquina estaba encendida y, aparentemente, recibiendo lecturas. Sin embargo, en el papel no aparecía pulsación alguna. –No me lo explico, o la máquina se ha roto o eres un zombi con muy buen aspecto. Justo hace diez minutos he atendido a otra empleada y la máquina funcionó perfectamente –se rascaba la cabeza mientras lo decía–. Debe ser un error del software, así que tendrás que volver cuando lo arreglemos para repetir la prueba. Inmediatamente comenzó a despegar las ventosas. –Por lo demás todo parece estar bien –continuó–. Has adelgazado mucho, ya me contarás cómo lo has hecho; aunque has perdido un poco de agudeza visual y hay una longitud de onda que te cuesta escuchar. Pero eso es normal a tu edad. Vamos, que tienes buena salud, salvo este pequeño detalle. –Que no me late el corazón… –Que la máquina dice ...