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Entradas

20 minutos de ternura

Sus camaradas le llaman el témpano, los demás apenas se atreven a hablarle. Ahora es francotirador, pero en un tiempo que ya queda muy atrás, porque la guerra ralentiza el paso de los días, fue cazador. Se crió en la estepa. Allí se acostumbró a la inmovilidad más absoluta en medio del frío. La guerra le ha transformado en un hombre duro y sin sentimientos. Un hombre capaz de matar a distancia y con distancia. Desde hace días va tras un tirador alemán. Es muy bueno, casi tan bueno como él. Sabe ocultarse, y casi siempre va un par de pasos por delante. Pero hoy presiente que el juego va a terminar. Hoy la sangre le hierve de forma distinta. El frío apenas le afecta, como en los buenos días de caza en su hogar. Casi puede sentir el olor del contrario. Pero lo que escucha es el llanto desesperado de un bebé. Se le pasa por la cabeza que puede ser una trampa. Aún así, se arriesga. Entra en lo que queda de la casa y lo encuentra en los brazos congelados de su madre. Sabe que el niño ya ...

El buitre naúfrago

Nadie supo cómo había llegado hasta allí. Desesperado intentó posarse en la cruceta más alta del mástil. Pero no pudo. Siguió volando hasta el siguiente barco, tampoco lo logró. Quiso planear rumbo a tierra pero poco a poco fue perdiendo altura hasta llegar a posarse, o estrellarse, en el mar. Las gaviotas fueron las primeras en entender qué estaba pasando y comenzaron a volar en círculos sobre el cadáver que adivinaban. Tardaron un poco en decidirse, pero pronto un grupo de embarcaciones se acercó para intentar rescatarle. El buitre nadaba de un barco a otro para intentar subirse a alguno. Estaba tan agotado que no era capaz de impulsarse o posarse sobre ninguno de los múltiples objetos flotantes que le acercaban los navegantes. En un momento dado, hizo un postrero intento de levantar el vuelo. Milagrosamente avanzó sobre el mar unas decenas de metros, lo justo para acercarse tanto a la tierra que luego bastó el empuje de un par de olas para llegar a la orilla. Desde los barcos, los f...

El hombre sin latido (o el prejubilado)

–No puede ser, debe haber algún fallo. La médico comprobaba las conexiones, los sensores estaban bien pegados en el cuerpo, los cables todos conectados, cada uno en su sitio, la máquina estaba encendida y, aparentemente, recibiendo lecturas. Sin embargo, en el papel no aparecía pulsación alguna. –No me lo explico, o la máquina se ha roto o eres un zombi con muy buen aspecto. Justo hace diez minutos he atendido a otra empleada y la máquina funcionó perfectamente –se rascaba la cabeza mientras lo decía–. Debe ser un error del software, así que tendrás que volver cuando lo arreglemos para repetir la prueba. Inmediatamente comenzó a despegar las ventosas. –Por lo demás todo parece estar bien –continuó–. Has adelgazado mucho, ya me contarás cómo lo has hecho; aunque has perdido un poco de agudeza visual y hay una longitud de onda que te cuesta escuchar. Pero eso es normal a tu edad. Vamos, que tienes buena salud, salvo este pequeño detalle. –Que no me late el corazón… –Que la máquina dice ...

El asesino de inmortales

Cuando no te importa la muerte, termina por no importarte la vida. Viajé con Alejandro, bebí de la fuente de la eterna juventud. Como muchos otros de los suyos, me vi obligado a desposarme con una noble persa a la que terminé amando de verdad. Quise llevarla a la fuente pero ella lo fue posponiendo hasta que fue demasiado tarde. La enterré en un lugar solitario que grabé a fuego en mi memoria y al que vuelvo de vez en cuando. Luego de dediqué a la guerra. Defendí y ataqué imperios por toda Eurasia. Al principio, como terapia para olvidar el dolor, luego como medio de vida y, finalmente, como costumbre.  Empecé a matar a otros inmortales casi por casualidad, Alejandro VI logró beber De la Fuente, tras saber de ella a través de unos pergaminos almacenados en Roma. Yo estaba al servicio de su hijo César, y fui testigo de cómo ordenaba el cegado y destrucción de la fuente, así como la muerte del resto de inmortales. La vida eterna solo estaría disponible para quienes la buscaran a trav...

Buscando historias en los cajones

Existe un momento especial, al principio de la noche, en el que mi cabeza es capaz de hilvanar historias magníficas, relatos en los que todas y cada una de sus partes encajan como un mecano perfecto. Luego, según el pensamiento se va deshilachando entre las ráfagas de sueño, el olvido las va desdibujando poco a poco. Hace años leí que los recuerdos, los conscientes y los inconscientes, se almacenan en la mente como en una enorme biblioteca de millones de ejemplares. Para acceder luego a ellos, y localizar su posición en los anaqueles, hay que buscarlos en un gigantesco mueble cajonera repleto de fichas bibliográficas. Antes apenas echaba mano de él, porque era capaz de retomar el hilo de la narración de la noche anterior con solo proponérmelo. Ahora, sin embargo, paso la mayor parte de esas duermevelas buscando como un loco en los cajones del archivo la ficha que me permita recordar al menos una de las historias imaginadas en las cada vez más escasas noches de creación. Pxfuel.com

Un corazón corporativo roto

En las muchas noches de insomnio había imaginado cada detalle, desde el tipo de pistola hasta la forma de las salpicaduras de sangre y sesos sobre el cristal de la ventana. Por eso aquella mañana todo tenía un cierto aire de déjà vu: el saludo del guardia jurado al pasar por el torno de entrada, los problemas de velocidad en el ordenador al conectarse a la intranet de la empresa, la redacción del correo al consejero delegado con copia a la directora de recursos humanos, la frase me habéis roto el corazón, el tacto del metal de la pistola, los segundos de intensa duda, la extraña forma de vía láctea de su cerebro en el cristal, la llegada precipitada de la policía, los comentarios de los compañeros, no lo supimos ver, se le notaba triste, ¿quién se lo dice a su mujer?  

La placa

Este relato ha sido premiado con el primer premio del Concurso de Cuentos Chinos sobre el ferrocarril de la Mesa del Ferrocarril de Almería . Ojalá se corrija el fallo temporal y mis ojos puedan ver un tren conectado con el Mediterráneo en mi ciudad… Foto: Pacolopeh a través de Wikimedia.org La placa estaba oculta por varias capas de pintura, tantas que fue imposible leerla en un primer momento tras retirarla. Los operarios lograron arrancarla del improbable espacio que ocupaba en un rincón casi inaccesible de la vieja estación de ferrocarril. Lo normal es que hubiera terminado en el contenedor de los escombros, mezclada con los cascotes, los pegotes de yeso y las placas rotas de escayola. Pero ese no fue su destino porque el capataz pensó que tal vez podría tener algún valor histórico y que, con suerte, podría sacar unas buenas nuevas pesetas subastándola en Globalnet. La placa fue al maletero del capataz y de ahí, al taller de su casa donde se entretuvo en hacer asomar a base de m...