Desde que recuerdo siempre tuve una agenda; primero la escolar, que me producía un enorme vacío al no tener ni julio, ni agosto; meses que siempre temía perder en el vacío del calendario. Tampoco pude esperar a la primera comunión para tener reloj, y nunca, nunca, he soportado la impuntualidad, ni la propia, ni la ajena. "Maníaco compulsivo", piensan todos. "Especialmente sensible al paso del tiempo", pensaba yo.
Pero la verdad suele encontrar el camino apropiado para llegar a su destino en el preciso momento. Fue en la espera de mi primera sobrina; mientras mi hermana gritaba improperios al género masculino, mi madre rememoraba mi propio nacimiento. Justo el 1 de agosto de 1967, el día que comenzaban las vacaciones judiciales. Tal y como ella había programado para minimizar el efecto en su trabajo; tal y como había calculado su ginecóloga, tal y como ella había supuesto 9 meses antes cuando sacó a mi padre de una reunión para informarle: "es ahora o ya tendrá que ser el año que viene".
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