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El hombre que imagina tempestades

Hay un lugar en la costa escocesa que apenas se nombra en los mapas, ya que allí solo viven dos ovejeros mayores de 60 años, una maestra jubilada que terminó profundamente cansada de la gente, el padre Miller, un cura católico que perdió su rebaño hace décadas y un antiguo farero. El lugar es inhóspito, en cierta forma salvaje, tan lejos de todo que ni siquiera sufrió los efectos de la revolución industrial. Bueno, uno sí: el abandono.
Yo lo descubrí de casualidad. Los estudios sobre el cambio climático en los que colaboro han sembrado de balizas meteorológicas el mar del norte. Y fue en una de esas jornadas maratonianos de análisis de datos que di con ella. Una estación que parecía recoger más tormentas que las demás. Pensé que estaba estropeada, así que la cambiamos por una nueva y con mejor equipamiento. Pero la anomalía se volvió a manifestar.
Fue la curiosidad científica la que me llevó hasta allí. Fue la simpatía de la vieja maestra la que me inclinó a aceptar su invitación para la velada quincenal de té y vistas desde la casa del acantilado. Pero fue el asombro de ver al forero imaginar y narrar todos y cada uno de los detalles de la tormenta que se reproducía delante del ventanal lo que me atrapó definitivamente. Mientras, el resto de vecinos asistía al espectáculo comentando la belleza de un rayo o la especial melodía del viento al soplar entre las rocas.
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