Duque gruñía a su rival mirándole fijamente. No solía ladrar, normalmente aquel sonido gutural bastaba para hacer saber al otro animal que su ataque sería demoledor. Se lanzó al cuello sin previo aviso. El otro animal sudaba profusamente, y respondió al ataque con un respingo. Los hombres gritaban azuzando a los canes y cruzando apuestas unos con otros. Duque había lanzado el primer ataque, pero su enemigo había evitado la dentellada. Al caer sintió cierta debilidad en la pata herida. Apenas se entretuvo en el dolor, fue menos de un segundo. Pero suficiente para el otro perro, que atacó aquella pata que había flaqueado. Duque se supo perdido e intentó escapar del círculo mortal. No pudo, y mientras su vida se escapaba, el otro animal apretaba los dientes furioso.
El público aplaudía al campeón, el nuevo favorito que había vencido al gran Duque. Y, mientras, el otro animal maldecía su suerte y pensaba en cuál de sus otros perros podría compensar las pérdidas causadas.
A veces los humanos nos enfrascamos en manías incontrolables, en gestos que no somos capaces de evitar y que nos hacen vulnerables a los demás, pues nos dejan en evidencia y nos muestran débiles y hasta ridículos ante el mundo. Yo hace días que vengo sufriendo una, aunque no se trata de un movimiento físico. Ojalá fuera eso. He notado que, cada vez con mayor frecuencia, me pongo a hurgar en mi alma. Sé que suena raro, y hasta increíble, pero lo cierto es que desde que descubrí que la tengo, no puedo dejar de meter el dedo en ella y remover. Y, para colmo, lo que me produce más placer es rascar los residuos del fondo, los que están pegados a las paredes. Y cuando lo hago, el humor se me transforma y me vuelvo un ser arisco e irritable. No sé que hacer para deshacerme de esta funesta manía. Sobre todo porque el otro día, no sé en que zona rasqué, que sentí morir, y he cogido miedo. ¿No habría algún sistema para cambiar este tic por otro más sencillo como el de comerse las uñas?
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