Abatido por la falta de inspiración, cerró la sesión. Caminó enfadado por la casa, cruzando el pasillo, dejando atrás la cocina. Abrió la puerta de la terraza y respiró con fuerza el aire enrarecido que subía desde las calles, ocho pisos más abajo. Volvió a acercar la silla al borde y subió. Otra vez el aire pesado que aquella ciudad penetró profundamente en sus pulmones. Apoyó el pie en la baranda y miró hacia abajo. Como las otras veces sintió el vértigo infantil y cerró los ojos. El segundo pie abandonó la silla y abrió los brazos. Y, justo cuando su centro de gravedad iba a cruzar la frontera de la barandilla, una idea cruzó su mente. Recuperó el equilibrio, dejó la silla en su sitio y volvió al estudio. Reinició la sesión.
A veces los humanos nos enfrascamos en manías incontrolables, en gestos que no somos capaces de evitar y que nos hacen vulnerables a los demás, pues nos dejan en evidencia y nos muestran débiles y hasta ridículos ante el mundo. Yo hace días que vengo sufriendo una, aunque no se trata de un movimiento físico. Ojalá fuera eso. He notado que, cada vez con mayor frecuencia, me pongo a hurgar en mi alma. Sé que suena raro, y hasta increíble, pero lo cierto es que desde que descubrí que la tengo, no puedo dejar de meter el dedo en ella y remover. Y, para colmo, lo que me produce más placer es rascar los residuos del fondo, los que están pegados a las paredes. Y cuando lo hago, el humor se me transforma y me vuelvo un ser arisco e irritable. No sé que hacer para deshacerme de esta funesta manía. Sobre todo porque el otro día, no sé en que zona rasqué, que sentí morir, y he cogido miedo. ¿No habría algún sistema para cambiar este tic por otro más sencillo como el de comerse las uñas?
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