– No puedo ser perdonado, yo no escribo. Vomito. Sé que los más empáticos me excusarán con aquello de la intención. Ni es buena, ni jamás pretendió serlo. Quería trascender, ser como ustedes, formar parte de este tribunal para las generaciones de escritores venideras. Pero me he dado cuenta a tiempo. No escribo, vomito. Y no puedo dejar de hacerlo. No me consideren para el puesto, no me lean, olviden incluso que una vez estuve aquí. Tan solo dejenme seguir vomitando.
Durante siglos, los tuaregs han contado la historia del oasis maldito. Con pequeñas diferencias, a lo largo de generaciones han narrado que existe un oasis que cada cien años, o cada 50, o cada 25, emerge desde debajo de las arenas. O viaja sobre las dunas móviles, empujado por el viento. O, simplemente, se materializa. También hay variaciones con los protagonistas. A veces son caravaneros, cada vez menos; otras, un jinete perdido en medio de una tormenta o, últimamente, algún piloto del París-Dakar extraviado. Solo se mantiene sin variación la consecuencia de entrar en su dominio. Una vez que has probado su agua, estás perdido. Si bebes y te marchas, acabarás muriendo de sed en el desierto, porque fuera del oasis la deshidratación se acelera y ninguna otra cosa que puedas beber te saciará. Pero si bebes y, además, pernoctas, entonces te quedarás para siempre, atrapado en el tiempo, condenado a una eternidad de soledad con el único alivio de poder calmar la sed. Foto: @DUA Es una...
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