Había olvidado volar. Extendía las alas, pero por más que las agitaba sus piernas no se separaban del suelo más allá de un par de segundos. Le mirábamos angustiados intentar levantar el vuelo, pero sus esfuerzos eran imfructuosos. Si no lo lograba significaría que tendría que seguir en cautividad el resto de su vida. Sus cortos revoloteos le acercaron al borde de la terraza y, antes de que ninguno de nosotros pudiera evitarlo, se precipitó hacia el suelo. Pensé que le perdíamos, pero justo cuando alcanzamos a asomarnos, le vimos remontar planeando en el aire y alejarse de nuestro terrado saludando con la mano. Quise recordarle que un ángel debería honrar sus promesas, pero preferí no hacerlo: nunca se sabe cuándo un ángel de la guarda puede ser útil de verdad.
A veces los humanos nos enfrascamos en manías incontrolables, en gestos que no somos capaces de evitar y que nos hacen vulnerables a los demás, pues nos dejan en evidencia y nos muestran débiles y hasta ridículos ante el mundo. Yo hace días que vengo sufriendo una, aunque no se trata de un movimiento físico. Ojalá fuera eso. He notado que, cada vez con mayor frecuencia, me pongo a hurgar en mi alma. Sé que suena raro, y hasta increíble, pero lo cierto es que desde que descubrí que la tengo, no puedo dejar de meter el dedo en ella y remover. Y, para colmo, lo que me produce más placer es rascar los residuos del fondo, los que están pegados a las paredes. Y cuando lo hago, el humor se me transforma y me vuelvo un ser arisco e irritable. No sé que hacer para deshacerme de esta funesta manía. Sobre todo porque el otro día, no sé en que zona rasqué, que sentí morir, y he cogido miedo. ¿No habría algún sistema para cambiar este tic por otro más sencillo como el de comerse las uñas?
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