Abajo, en la rotonda, tome usted la segunda salida. No, disculpe, la tercera. Avance por esa calle, verá que hay una señal que indica el camino del cementerio. No recuerdo si es la tercera o la cuarta esquina a la derecha, pero es en la que hay un Cajero de CaixaDerribo. Ahora debe estar cerrado, claro. Doble usted por esa calle y continúe hasta el final. Verá el cementerio, pase de largo, y unos 2 o 3 kilómetros después estará usted allí. Le llaman el Paraje del Infierno, porque siempre que hay tormenta impacta algún rayo allí. De hecho, los suicidas del pueblo se pasan el día esperando la previsión metereológica. Pero supongo que todo esto ya se lo habrá dicho su GPS.
A veces los humanos nos enfrascamos en manías incontrolables, en gestos que no somos capaces de evitar y que nos hacen vulnerables a los demás, pues nos dejan en evidencia y nos muestran débiles y hasta ridículos ante el mundo. Yo hace días que vengo sufriendo una, aunque no se trata de un movimiento físico. Ojalá fuera eso. He notado que, cada vez con mayor frecuencia, me pongo a hurgar en mi alma. Sé que suena raro, y hasta increíble, pero lo cierto es que desde que descubrí que la tengo, no puedo dejar de meter el dedo en ella y remover. Y, para colmo, lo que me produce más placer es rascar los residuos del fondo, los que están pegados a las paredes. Y cuando lo hago, el humor se me transforma y me vuelvo un ser arisco e irritable. No sé que hacer para deshacerme de esta funesta manía. Sobre todo porque el otro día, no sé en que zona rasqué, que sentí morir, y he cogido miedo. ¿No habría algún sistema para cambiar este tic por otro más sencillo como el de comerse las uñas?
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