Los resultados de las mesas se iban sumando lentamente en la pantalla. El empate era casi perfecto, apenas unas décimas entre uno y otro. La victoría estaría en un puñado de votos. A saber dónde estaría la mesa que le daría la ventaja a uno de ellos. Si ganaba podría por fin cumplir con el sueño de los últimos 8 años, gobernar su ciudad. Pero si las papeletas decidían otra cosa, el partido no le perdonaría una segunda derrota; tendría que marcharse antes de que lo obligaran a dimitir. Pensó en ello con aprensión y rápidamente volvió su atención a la pantalla donde los porcentajes apenas cambiaban y donde se estaba televisando el momento culminante de su biografía
A veces los humanos nos enfrascamos en manías incontrolables, en gestos que no somos capaces de evitar y que nos hacen vulnerables a los demás, pues nos dejan en evidencia y nos muestran débiles y hasta ridículos ante el mundo. Yo hace días que vengo sufriendo una, aunque no se trata de un movimiento físico. Ojalá fuera eso. He notado que, cada vez con mayor frecuencia, me pongo a hurgar en mi alma. Sé que suena raro, y hasta increíble, pero lo cierto es que desde que descubrí que la tengo, no puedo dejar de meter el dedo en ella y remover. Y, para colmo, lo que me produce más placer es rascar los residuos del fondo, los que están pegados a las paredes. Y cuando lo hago, el humor se me transforma y me vuelvo un ser arisco e irritable. No sé que hacer para deshacerme de esta funesta manía. Sobre todo porque el otro día, no sé en que zona rasqué, que sentí morir, y he cogido miedo. ¿No habría algún sistema para cambiar este tic por otro más sencillo como el de comerse las uñas?
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