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Forrestman

Jorge Forestman siembre llevó con paciencia su apellido. Ser hijo de un americano en la España de los 70 era una extrañeza en sí misma; pero tener ese apellido en un mundo incapaz de pronunciar bien su propio idioma, añadía varios puntos a la intensidad de su exotismo. En el colegio pasó por varias fases, la inicial que llegó hasta el final, en la que nadie lograba vocalizar con la corrección aprendida de su padre el apellido maldito. Una segunda, en la que los compañeros lo asimilaban a los superhéroes que llegaban del cine: Supermán, Spidermán, Forresmán. Finalmente, una tercera, derivada del comienzo de la asignatura de inglés y de la traducción literal del apellido, en la que las burlas eran ya claramente el único objetivo de sus condiscípulos.
Puede que de aquella época proviniera su obsesión, o de la herencia psicótica de su tío materno Enrique. La cuestión es que durante años intentó conciliar su vida con tal apellido. Primero, estudiando jardinería y luego, convirtiendo su casa en un enorme bosque de pequeños bonsais. Y cuando ya no quedaba más espacio en las habitaciones y pasillos, finalmente comenzó a insertarse semillas de distintos árboles bajo la piel. Aquella actividad le provocó numerosas infecciones y el brote de una jacarandá bajo la clavícula izquierda. Tan sorprendente suceso no fue conocido a tiempo por nadie, por lo que su evidente deterioro físico fue confundido con una crisis nerviosa o por una enfermedad maldita por parte de los vecinos más maledicentes. Sólo cuando encontraron el cadáver esquelético parasitado por un árbol de 30 centímetros vislumbraron la verdad.
La familia logró un rápido y silencioso entierro en una parcela privada. Trasplantaron a su alrededor la colección de bonsais, tapando con tierra aquel extraño ser que podría ser Jorge y quisieron olvidarlo todo. Sin embargo, quince años después, una enorme jacarandá protege a diario con su sombra un sorprendente bosque de árboles minúsculos.

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