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Terremoto

El tejado se vino encima sin aviso previo. Apenas habían pasado un par de segundos desde que el suelo comenzó a temblar.
No le dio tiempo ha seguir las instrucciones que tantas veces había leído y que tanto se repetían en un lugar propenso a los terremotos como aquel. Pero no supo reconocer con la suficiente anticipación qué estaba pasando. Debajo de la mesa, o bajo el hueco de la escalera, o en el dintel de la puerta, decía la teoría; debajo de los escombros dictó la realidad.
Durante las horas que siguieron se entretuvo intentando oír voces. Al principio, eran bastantes los que gritaban o lloraban, pero según pasaba el tiempo el silencio se fue adueñando de todo, hasta que sólo pudo escuchar su propia respiración cada vez más agitada.
Tras el silencio vinieron la sed y el hambre; y el miedo en medio y encima de todo.
Cuando la luz por fin regresó a sus pupilas, y una mano entró por un agujero quiso creer que nunca más volvería a estar solo.

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