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La rutina de K.

K. despierta todos los días a las 6.45. Trabaja de 8 a 17. Se pasa por el supermercado de vuelta del trabajo a casa. Ayuda a su mujer con la cena y los niños.Comprueba el despertador y se acuesta a las 23.

Los fines de semana coincide con ella normalmente en la puerta del ascensor y la repulsión que le invade le despierta del letargo de la rutina semanal. Le hieren la viveza de sus ojos a pesar de que las arrugas hayan deformado su rostro, su afable sonrisa y la lentitud de sus gestos amables hacia los vecinos.

Mientras le preguntaba por sus hijos y le aconsejaba que tal vez debiera cambiar de trabajo ahora que aún estaba a tiempo porque la vida pasa en un suspiro y solo se vive una vez, K. casi instintivamente pulsa el botón de stop, arroja el contenido de la bolsa del Mercadona para usarla como arma homicida y siente una extraña liberación que empezará a atormentarlo cada vez que se sube en un ascensor o ve una bolsa del Mercadona.

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