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La agenda

Había sido sábado por la noche y su agenda marcaba follar. Poco importaba que Vero le hubiera dejado. Durante años, el ritmo de su vida era el que señalaba la agenda semanal. Y le había ido bien, excepto por lo de Vero. Salió de caza como antaño, siendo muy permisivo con los requerimientos previos, aunque al final tuvo que recurrir al pago para disfrutar de un rápido alivio manual en el servicio del pub. La noche del sábado había pasado, y había cumplido la programación. El domingo tocaba fútbol con los amigos, paella en casa de los padres y tarde organizando la agenda de la siguiente semana. Entonces buscaría un hueco entre el miércoles y el jueves para olvidar a Verónica.

Aprendiendo a volar, de nuevo

Había olvidado volar. Extendía las alas, pero por más que las agitaba sus piernas no se separaban del suelo más allá de un par de segundos. Le mirábamos angustiados intentar levantar el vuelo, pero sus esfuerzos eran imfructuosos. Si no lo lograba significaría que tendría que seguir en cautividad el resto de su vida. Sus cortos revoloteos le acercaron al borde de la terraza y, antes de que ninguno de nosotros pudiera evitarlo, se precipitó hacia el suelo. Pensé que le perdíamos, pero justo cuando alcanzamos a asomarnos, le vimos remontar planeando en el aire y alejarse de nuestro terrado saludando con la mano. Quise recordarle que un ángel debería honrar sus promesas, pero preferí no hacerlo: nunca se sabe cuándo un ángel de la guarda puede ser útil de verdad. 

Aptitud

Notaba un peso distinto en el bolso mientras caminaba por la atestada calle en su primer día de parada. Conocía casi de memoria todo el ceremonial de tanto que se lo habían contado amigos y conocidos que habían pasado por el mismo trance en los meses anteriores. Primero la cola, luego el currículum y, por último, la parte de las aptitudes, en línea con las últimas tendencias del coaching . Con la pistola apuntando a la sien de la funcionaria, le dijo muy tranquila: “tome nota de mis aptitudes: tengo capacidad de mando, sé hacerme escuchar y, si acaso, ando corta de paciencia”.

La actuación

Como cada noche, apuró el vaso de bourbon y salió al escenario. Como cada noche, el teatro estaba lleno, aunque los focos le impedían tomar conciencia de ello. Se acercó al taburete, y puso el micro a la altura de su boca. Y lloró. Lloró cuando todos esperaban un monólogo humorístico. Al principio, algunos rieron, posiblemente por inercia o por el propio desconcierto. Pero a los pocos segundos, de la sala de butacas no salía ningún ruido y sus sollozos pudieron llenar el silencio. Así estuvo cinco largos minutos, y cuando por fin pudo contenerse, una ovación clamorosa comenzó a tomar forma desde la última fila de la platea.

El porqué de este microsilencio

En los últimos días, querida-o lectora, habrás notado la ausencia de actividad en esta bitácora. La razón de este microsilencio hay que buscarla en el interés mostrado por una pequeña editorial (una microeditorial) en hacer una edición en papel de estos microrrelatos. Ello ha provocado que me haya centrado en releer todos los cuentos, corrigiendo erratas, faltas de horrografía y hasta finales para dar forma a una selección de trescientos veinte, los cuales formarán el microlibro. Iré informando por aquí los avances en este proyecto. De momento solo faltan el microprólogo y el microepílogo, pedidos a dos queridos amigos que seguro harán del libro algo mucho mejor.

La vecindad de la muerte

Desde muy temprano Adelina había vivido muy cerca a la muerte. Ya incluso antes de nacer. Su hermana gemela, que se hubiera llamado Gabriela, murió pocas horas antes del parto. Aquello provocó que la madre de Adelina sufriera mucho durante el alumbramiento y que, tras una semana de agonía, terminará caminando junto a la Parca. Durante su infancia desaparecieron sus abuelos, y en la guerra cayeron, repartidos entre ambos frentes, su padre y todos sus hermanos varones. También perdió Adelina a un novio piloto, que sobrevivió a la contienda, y le prometió un futuro regalado trabajando para una aerolínea comercial. Muchos de sus muertos sufrieron largas esperas en cama, a otros la vida se les escapó la vida de improviso, en una apretura del corazón o en una bala. Pero en todos los casos, Adelina creyó ver a la muerte viniendo a darle el pésame. Y era su rostro de arrepentimiento el que le ayudaba a perdonarle las enormes pérdidas que esta le provocaba. Adelina tuvo que sobrevivir a su mari...

El castillo

Desde hace días es su único entretenimiento. Las horas de permanencia en la celda se van en dormir y edificar con la baraja incompleta torres de naipes. Ha ensayado diferentes fórmulas de montaje, pero todas terminan vencidas por el peso, por las corrientes o por el temblor incipiente de sus manos. Y cada vez que ve caer el castillo no puede evitar en pensar que esa débil estructura que se desmorona no es más que una metáfora de su propia vida: un día saliendo en los informativos como hombre de Estado, casi un héroe, y 6 años después saliendo en los informativos esposado y camino de la cárcel. Solo el preso con el que comparte celda parece haberse dado cuenta. En más de una ocasión le ha visto escrutar su rostro mientras los naipes caen. Por eso es él quién rompe la magia de la metáfora perfecta: "los castillos de naipes se pueden volver a edificar, pero con las vidas eso es práctica,ente imposible".