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Nueve años de esclavitud

http://www.couriermail.com.au/ El nueve es un número mágico. No es una década, pero casi. En el cubo de tres, por lo que incita a pensar en triángulos. De todo tipo. El nueve no llega a ser un siete, pero es lo más parecido. Una relación de nueve años es algo más que un noviazgo. Se trata casi de una eternidad en la que todas las células del cuerpo de los amantes se han renovado. Tal vez hayamos estado tanto tiempo juntos que ya no somos los mismos, y tampoco somos capaces de volver a enamorarnos el uno del otro, como dos completos desconocidos que se ven a diario. Eso es lo que le he explicado a ella. La verdad es otra. Siempre he necesitado alguien a mi lado con una personalidad fuerte, alguien que me ayudara a elegir el camino a seguir o que, directamente, me lo indicara. Blanca lo tenía claro, había trazado un plan milimétrico en el que mis opciones se reducían a formar parte de su sueño. Y eso me gustaba, porque me hacía sentirme seguro. Pero llegó la herencia de la tía Mar...

La mariposa

Foto: http://guillamat.espacioblog.com Nueve años y sólo una llamada. "Necesito estar solo". Y luego, el pitido entrecortado del teléfono y nada más. Lloró. Primero fue dolor, luego rabia y, finalmente, costumbre. Él le había prometido un futuro juntos y ella no fue capaz de imaginar otra vida. Sus sueños y anhelos se habían convertido en el reflejo de los suyos. Su vida era el guión de un romance perfecto. Y él era el protagonista absoluto de la película. Los meses que pasó vaciándose de lágrimas la transformaron. Su casa fue el castillo en el que culminó su metamorfosis. Ya mariposa, bella porque quiso ser bella, reunió su ropa, sus recuerdos y regalos y los abandonó junto al contenedor. Luego, marcó su número, le dijo "ya no te necesito" y echó a volar.

El nacimiento

“Empuja. Un poco más, bonita, que lo estás haciendo muy bien”. Ella empuja con todas sus fuerzas mientras presiona la mano izquierda de su marido. Nunca antes se había esforzado tanto. Nunca antes hubiera imaginado que sería capaz de forzar su cuerpo hasta este extremo. Al principio, los empujones eran silenciosos, pero en la medida que el agotamiento crecía, tuvo que recurrir a los gritos para seguir apretando. “Uno más, venga, que ya lo tenemos. Uno más y descansas”. Ella suelta el último grito y aprieta la mano de su pareja con mayor fuerza que antes. Él también grita. “Ya está, ya está”. La comadrona la besa en la frente: “lo has hecho muy bien, chiquitica” y el llanto del bebé llena pronto el silencio que la madre ha dejado. El ginecólogo entrega el bebé a la enfermera para que lo lave y se acerca al emocionado padre: “Enhorabuena, papá. Mire que he visto cosas raras en este paritorio pero es la primera vez que alguien me pide escribir en directo lo que sucede antes que grabarlo...

Adicta al texto

Las palabras leídas le traspasaban el alma. Desde niña. No se trataba de reconocer la buena literatura, aunque también sabía apreciarla, eran las sinuosas curvas de las letras, la rítmica nada de los espacios... Ahí es dónde ella encontraba la verdadera poesìa. Por eso también prefería leer sobre escritura a mano: las variaciones y los motivos de disfrute se multiplicaban. Cuando se topaba con algún papel especialmente bien escrito, en el que la letra y la música acompañaban, el impacto la sumía en un estado semicatatónico por espacio de horas. Cuando por fin volvía del "viaje" –así lo llamaba–, lo hacía pletórica de felicidad. La adrenalina le impedía dormir durante días y la obsesión por la lectura se le acrecentaba. Sin embargo, cada vez era más difícil encontrar textos tan perfectos. Ni siquiera entre los clásicos. Internet la indignaba, plagado de millones de "autistas aulladores", con egos del tamaño de montañas y talento de ratón, pero como adicta al texto ll...

Amor hipocondríaco

Una noche con el cielo plagado de estrellas, invisibles por la contaminación y las luces de la ciudad, nos besamos. Mis gérmenes y tus gérmenes mezclaron su material genético y volvieron mutados a nuestros torrentes sanguíneos. Tú me dijiste "te quiero". Yo pensé en una canción de los Beatles y no supe que decir. Aproveché el ruido infernal del tráfico que se colaba por las ventanas mal aisladas de la casa y balbuceé algo que sonó parecido a "y yo a ti". Volvimos a los besos sobre el sofá sembrado de ácaros. De fondo, el eterno programa de telerrealidad emitía su basura catódica. Todo parecía indicar que acabaríamos la noche fusionando nuestros gametos y sudores. Entonces tosiste y se rompió el hechizo. Y no tuve más remedio que poner tu corazón en cuarentena.

Ruido de huesos

El ruído se apretaba a sus sienes y tiraba de su estómago hacia fuera. Los martillazos ya no dolían, el dolor siempre tiene un límite físico. Pero podía ver y escuchar cómo sus huesos crujían y se aplastaban con cada golpe. Hablar hubiera significado el final, posiblemente el final de  todo; por eso seguía callado. Por eso, y porque en la vida, como en las buenas películas, nunca sabes detrás de que segundo va a producirse un giro de guión.

Musa de curvas

http://www.rojillo.com/2010/01/caderas.html Te elegí como musa. Puede que jamás logre relevancia como escultor, pero cada una de las curvas que he modelado a lo largo de estos últimos 15 años han sido copias de las tuyas. No te sorprendas, cuando te miro no sólo lo hago por halagarte, te estudio. La leve desviación del meñique izquierdo de tu pie está en el pico del Ave que come, tus pechos son la hoja de  La hoz del tiempo, y la ese que forman tu cintura y cadera la tienes en Herramienta para cortar las nubes 3. No exagero, todas mis curvas son tuyas: están o estuvieron en tí. Sin ellas mis obras serían menos veraces, estarían muertas.