Yo viví el gran cambio. Asistí por televisión a la firma del nuevo contrato social que regiría la vida del país. Lo cierto es que el sistema de bienestar comenzaba a desmoronarse. Estaba fallando desde hacía mucho el principal motor del mismo. En nuestras calles cada vez había menos niños y, a pesar de que esa falta de reemplazo nos ayudó a rebajar la tasa de paro, nuestra pirámide de población se había invertido casi completamente. Al principio fuimos poniendo parches para ir retrasando el momento de tomar decisiones drásticas, hasta que el propio Estado se situó al borde del abismo. Yo era un adolescente solitario, porque no había demasiados adolescentes más con los que interactuar. Los contactos con gente de mi edad solo tenían lugar a través de internet.
Ese día todo cambió. Tener hijos se convirtió en una ventaja. Y, poco después, tener más de dos se transformó en un negocio. Para tener acceso a la sanidad universal sin copago o para cobrar una pensión pública habría que contribuir al país con hijos. Uno aligeraba el castigo, dos lo neutralizaba. Y a partir de tres se comenzaban a sumar beneficios específicos (becas de estudio independientes del rendimiento, días de vacaciones extra, etc.).
Sin embargo, nuestro mundo ya no era un mundo de niños, sino de adultos y de viejos. Y muchos por comodidad, por egoísmo o simplemente por falta de ganas decidimos subrogar la paternidad. Mi pareja y yo no queríamos renunciar a nuestro tiempo, a nuestros viajes, a nuestra forma de vida, así que fuimos de los primeros en aprovechar la subrogación introducida en la primera gran reforma de la Ley Orgánica de Fomento de la Natalidad. Nosotros elegimos los nombres de los dos, coleccionamos sus fotografías de cumpleaños en el álbum familiar y estuvimos pagando religiosamente a los padres subrogados todos los meses para su manutención; incluso acudimos a sus fiestas de emancipación, que ponían fin a nuestras obligaciones monetarias para con ellos.
Ahora vuelvo a estar solo. Alba ha decidido poner fin a sus dolores y me ha dejado un enorme hueco que no puedo llenar ni con los miles de amigos de la red. He querido contactar con Héctor y Elena, nuestros hijos subrogados, y solo he encontrado un injusto desprecio de su parte. Elena ni siquiera nos había dicho que era madre (tres hijos propios ha aportado al Estado, sin ofrecer el tercero al mercado de subrogación) y Héctor ha emigrado a Vietnam, que se ha convertido en la nueva tierra de promisión para los jóvenes europeos que quieren huir de la presión de los hijos por ley. Tanto tiempo velando por su bienestar para luego encontrar esto. Menos mal que no tuvimos hijos propios, su egoísmo me hubiera destrozado.
Ese día todo cambió. Tener hijos se convirtió en una ventaja. Y, poco después, tener más de dos se transformó en un negocio. Para tener acceso a la sanidad universal sin copago o para cobrar una pensión pública habría que contribuir al país con hijos. Uno aligeraba el castigo, dos lo neutralizaba. Y a partir de tres se comenzaban a sumar beneficios específicos (becas de estudio independientes del rendimiento, días de vacaciones extra, etc.).
Sin embargo, nuestro mundo ya no era un mundo de niños, sino de adultos y de viejos. Y muchos por comodidad, por egoísmo o simplemente por falta de ganas decidimos subrogar la paternidad. Mi pareja y yo no queríamos renunciar a nuestro tiempo, a nuestros viajes, a nuestra forma de vida, así que fuimos de los primeros en aprovechar la subrogación introducida en la primera gran reforma de la Ley Orgánica de Fomento de la Natalidad. Nosotros elegimos los nombres de los dos, coleccionamos sus fotografías de cumpleaños en el álbum familiar y estuvimos pagando religiosamente a los padres subrogados todos los meses para su manutención; incluso acudimos a sus fiestas de emancipación, que ponían fin a nuestras obligaciones monetarias para con ellos.
Ahora vuelvo a estar solo. Alba ha decidido poner fin a sus dolores y me ha dejado un enorme hueco que no puedo llenar ni con los miles de amigos de la red. He querido contactar con Héctor y Elena, nuestros hijos subrogados, y solo he encontrado un injusto desprecio de su parte. Elena ni siquiera nos había dicho que era madre (tres hijos propios ha aportado al Estado, sin ofrecer el tercero al mercado de subrogación) y Héctor ha emigrado a Vietnam, que se ha convertido en la nueva tierra de promisión para los jóvenes europeos que quieren huir de la presión de los hijos por ley. Tanto tiempo velando por su bienestar para luego encontrar esto. Menos mal que no tuvimos hijos propios, su egoísmo me hubiera destrozado.
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Goya: Viejos comiendo sopa |
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