Entras en la sala a oscuras. El proyector dispara su haz cegador contra una pantalla blanca en la pared continua a la puerta. No puedes verles, pero sabes que todos te están mirando. Lanzas tu presentación a la pantalla y comienzas el discurso. El diagnóstico es sencillo, pero seguro que has descolocado a alguien con el tema de los nuevos perfiles de clientes. Las diapositivas van cambiando solas: te ha costado ensayar durante todo el fin de semana, pero das por seguro que ha merecido la pena. Imaginas sus caras sorprendidas, incluso alguna un poco fastidiada. Llegas a las conclusiones y preguntas: “¿alguna pregunta?”. Nadie responde; como siempre. Luego llegará un correo de algún valiente que se atreverá a puntualizar algo. Una chorrada menor, seguro. Hoy te has lucido, has cumplido la regla de los 3x20 a rajatabla: 20 minutos, 20 diapositivas y no más de 20 palabras por diapo. Apagas el proyector y buscas a tientas el interruptor de la luz. Entonces te percatas. no hay nadie, y en la mesita del ordenador hay un pos-it hasta hace un segundo invisible. Pone: “Juan, como no venías nos hemos ido a tomar un café. Estamos en el Chele si quieres acompañarnos”. ¡Qué vergüenza! Si alguien se ha dado cuenta, ahora se estará partiendo la caja de risa a tu costa o, peor, se lo estará contando a los demás. Hay que reaccionar. Arrancas una hoja de un cuaderno y escribes: “Como voy justo de tiempo he comenzado para que os fuerais incorporando sobre la marcha. He sido más rápido yo contando el nuevo proyecto que vosotros con el café, así que os dejo la presentación en bucle para que la veáis. Para antes de las tres quisiera vuestras ideas al respecto en mi correo electrónico. Juan”. Vuelves a encender el proyector, programas el bucle y sales de la sala antes de que llegue nadie.

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