Esta es mi sexta vida. O mi sexta iteración. O mi sexta versión. Desde hace casi dos siglos he ido creando reiteraciones de mi mismo. Clones a los que mis anteriores versiones han educado y les han explicado mi-nuestra historia. Hemos sido físicamente idénticos, pero en el fondo cada uno de nosotros ha vivido su propia vida: los genes se clonan, los recuerdos no. Por eso es tan extraña esta sensación. Debería ir preparando ya mi nueva copia y, sin embargo, siento un cansancio agónico, como si hubiera sido este mismo cuerpo el que hubiera estado sobreviviendo por más de 200 años.
A veces los humanos nos enfrascamos en manías incontrolables, en gestos que no somos capaces de evitar y que nos hacen vulnerables a los demás, pues nos dejan en evidencia y nos muestran débiles y hasta ridículos ante el mundo. Yo hace días que vengo sufriendo una, aunque no se trata de un movimiento físico. Ojalá fuera eso. He notado que, cada vez con mayor frecuencia, me pongo a hurgar en mi alma. Sé que suena raro, y hasta increíble, pero lo cierto es que desde que descubrí que la tengo, no puedo dejar de meter el dedo en ella y remover. Y, para colmo, lo que me produce más placer es rascar los residuos del fondo, los que están pegados a las paredes. Y cuando lo hago, el humor se me transforma y me vuelvo un ser arisco e irritable. No sé que hacer para deshacerme de esta funesta manía. Sobre todo porque el otro día, no sé en que zona rasqué, que sentí morir, y he cogido miedo. ¿No habría algún sistema para cambiar este tic por otro más sencillo como el de comerse las uñas?
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