Para él la auténtica revolución fue el comienzo de los descubrimientos chinos. Fue en ese país en el que apareció la confirmación de los dinosaurios emplumados. Fue en China y en sus pequeños dinos donde primero se vió la conversión en aves. Por eso había luchado tanto para llegar a excavar allí. Su sueño era sencillo, tan solo un nombre. La especie era lo de menos, lo importante es que llevaría su apellido y quedaría inmortalizado en ese otro registro fósil que es el de los nombres científicos de los animales. Aquella especie de paloma pequeña, de plumas grises, un arcaico pico y sin apenas dientes podía ser su entrada a la eternidad. Ya no sentaría las bases de un nuevo pardigma, pero había obtenido su botin de guerra en aquella revolución incruenta.
Durante siglos, los tuaregs han contado la historia del oasis maldito. Con pequeñas diferencias, a lo largo de generaciones han narrado que existe un oasis que cada cien años, o cada 50, o cada 25, emerge desde debajo de las arenas. O viaja sobre las dunas móviles, empujado por el viento. O, simplemente, se materializa. También hay variaciones con los protagonistas. A veces son caravaneros, cada vez menos; otras, un jinete perdido en medio de una tormenta o, últimamente, algún piloto del París-Dakar extraviado. Solo se mantiene sin variación la consecuencia de entrar en su dominio. Una vez que has probado su agua, estás perdido. Si bebes y te marchas, acabarás muriendo de sed en el desierto, porque fuera del oasis la deshidratación se acelera y ninguna otra cosa que puedas beber te saciará. Pero si bebes y, además, pernoctas, entonces te quedarás para siempre, atrapado en el tiempo, condenado a una eternidad de soledad con el único alivio de poder calmar la sed. Foto: @DUA Es una...
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