El tren tiene algunas ventajas que solo el viajero atento puede percibir. Sobre todo cuando se trata de grandes distancias. El que une Madrid con la ciudad de Almeria, por ejemplo, es una pestosa caja de cerillas en la que los viajeros se cuecen a fuego lento en la lenta tarde de verano. Ir en clase turista (es posible que no haya otra) implica mezclar los olores de tu sudor con los del resto, creando una comunidad de seres húmedos, cansados y lentos que miran el paisaje o la pantalla (la suya o la común) y que añoran el final del trayecto. Y esa es la ventaja más evidente. A lo largo del viaje, los anhelos de todos los viajeros convergen en un único y omnipresente deseo: llegar.
A veces los humanos nos enfrascamos en manías incontrolables, en gestos que no somos capaces de evitar y que nos hacen vulnerables a los demás, pues nos dejan en evidencia y nos muestran débiles y hasta ridículos ante el mundo. Yo hace días que vengo sufriendo una, aunque no se trata de un movimiento físico. Ojalá fuera eso. He notado que, cada vez con mayor frecuencia, me pongo a hurgar en mi alma. Sé que suena raro, y hasta increíble, pero lo cierto es que desde que descubrí que la tengo, no puedo dejar de meter el dedo en ella y remover. Y, para colmo, lo que me produce más placer es rascar los residuos del fondo, los que están pegados a las paredes. Y cuando lo hago, el humor se me transforma y me vuelvo un ser arisco e irritable. No sé que hacer para deshacerme de esta funesta manía. Sobre todo porque el otro día, no sé en que zona rasqué, que sentí morir, y he cogido miedo. ¿No habría algún sistema para cambiar este tic por otro más sencillo como el de comerse las uñas?
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