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Luego se encerraba con su caja y salía al cabo de 5 o 10 minutos con el rostro sudoroso y algo alterado. Hasta que no salía de la oficina lanzaba constantemente miradas desconfiadas al empleado que le acompañaba.
Todos se preguntaban qué sería aquello que guardaba con tanto empeño. La interventora fabulaba con algún tesoro heredado. El cajero pensaba en cartas de amor, de un amor secreto y posiblemente desgraciado. La directora, pragmática, sólo pensaba en venderle un seguro de hogar.
Nadie acertaba. Cuando su sobrina vino al banco a tomar posesión del contenido de la caja montó en cólera al encontrarla vacía. Y costó hacerle entender que nadie había manipulado el contenido más que su difunto tío.
La interventora quiso creer que antes de morir la había vaciado; el cajero imaginó que la verdadera posesión era la calma de la caja fuerte, y la directora intentó que la heredera domiciliase su nómina en la sucursal.
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