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Contrarreloj

Sus ojos se han cruzado un par de veces en medio de la pista. El sonido atronador y el ritmo asincopado  que el DJ lanza desde su ordenador provocan juegos de luces que intensifican sus miradas. Él la sigue hasta la puerta del baño y le dice:

– No puedo dejar de mirarte.
– A lo mejor no lo intentas lo suficiente – le responde cortante ella.
– A lo mejor es que no quiero intentarlo. Y tú también me has mirado.
– Es que tienes pinta de loco.
– Y los locos hacen locuras.

Todo el diálogo transcurre a gritos y deben acercar sus cabezas para que las palabras atraviesen la barrera del ruido. Tras pronunciar locuras, los labios de él buscan el camino hacia los de ella. Y lo encuentran. Y ambos se enzarzan en un abrazo que les desgarra. En los 1,5 por 1,5 del retrete se desarman los peinados y se susurran te quieros sin oírse. Ahora la música marca el ritmo de su amor.
Una patada en la puerta revienta el momento. Otello les arranca de su instante de eternidad y empuja al amante contra el lavabo y éste se rompe con su cabeza. Y su cabeza se rompe con éste. La sangre fluye y Otello se moja las botas pegando patadas. Cuando la seguridad del local llega, él ya sólo ve sombras que se alejan. El novio traicionado ha huido y ella grita desesperada porque nadie hace nada, porque él se muere y porque aún no sabe su nombre.
Él apenas escucha la pregunta, y no está seguro de que sea ella quien la hace, pero responde:

– Me llamo Romeo.

La sirena que aúlla sobre el silencio de la noche acompaña sus últimos latidos y ella piensa que, sobre los faros que se alejan, va la mayor parte de su vida.

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