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Cuando se acabe el mundo

Lo imagino siempre distinto. En realidad imagino sólo un número de posibilidades limitado, pero nunca repito los detalles. En algunas ocasiones es un aumento descontrolado del nivel del agua por culpa del calentamiento global. Eso me lleva a ser uno de los supervivientes, encaramado a las alturas del Teide; o a morir ahogado en una isla que poco a poco se va tragando el mar. Una vez, incluso, me transformé en una especie de holandés errante, perdido en un océano infinito a bordo de un pequeño velero.
Otra de las posibilidades que más me atraen es la destrucción acelerada del sol. Este sueño (porque mi imaginación se dispara en los sueños) comienza casi siempre con el anuncio de algún científico en un congreso, o en un artículo en Science al que nadie hace caso. Los finales hasta ahora han sido, la muerte por el exceso de calor, incluso la muerte abrasados en el estallido solar. Pero en alguna ocasión he soñado en un absurdo plan de huída interplanetaria en el que veía desde un ojo de buey la desaparición de todo el sistema solar. Pero también he imaginado pandemias asesinas, meteoritos gigantes, megavolcanes, hecatombes ambientales, invasiones alienígenas, guerras mundiales nucleares, accidentes espacio temporales y hasta la absorción por un agujero negro.
A base de imaginar finales posibles, o de soñarlos, una certeza ha ido haciéndose fuerte en mi cerebro: sea como sea que suceda, cuando se acabe el mundo, yo estaré allí.

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