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La isla

Acompañaba al sol por en su peregrinar horizontal. Cada mañana abría los ojos con los primeros rayos y comenzaba su deambular hacia el oeste. Como el ancho de la isla era corto, podía ir haciendo diversas paradas en el camino. Siempre encontraba algún tempo para pescar, normalmente al medio día, que es cuando calculaba que era más fácil obtener una presa. Antes, recogía cocos, remarcaba las letras de la orilla (un enorme S.O.S.) y se bañaba con detenimiento, intentando sacar de su cuerpo cualquier recuerdo de su pasado. Después de comer tocaba recoger algo de agua dulce, para lo cual debía internarse un poco en la jungla y, al caer la noche llegaba al límite occidental.
Se sentaba un rato mirando como el horizonte se teñía de rojos y naranjas y, luego, en apenas un par de horas, volvía por la orilla hasta el comienzo para sincronizar su sueño con la luna y esperar sin esperanza la llegada de un nuevo día.

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