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Noche pétrea

Había pasado las últimas cuatro horas acurrucado entre un par de arbustos. El sol había caído rápidamente sobre las ruinas de Petra, y con la luz también habían desaparecido los miles de turistas que hasta ese momento mancillaban aquel territorio sagrado.
Supuso que la vigilancia se relajaría un tanto, y que el número de policías se reduciría. No obstante debía andar con cuidado.
Pasó frente a la tumba del Corintio, y subió por la suave pendiente. Sabía que en una de las pequeñas tumbas de la montaña se encontraba enterrado el ídolo sagrado. Un sacerdote nabateo lo había escondido allí antes de que las tropas romanas entraran en la ciudad. Y dejó noticia de ello en una tablilla que llegó a sus manos a través del tiempo, de Egipto y de un coleccionista de antigüedades libio.
Tal y cómo lo había supuesto la figurilla era de la misma piedra esculpida del valle. El tesoro estaba al fin entre sus manos. Pasó la mayor parte del resto de la noche oculto en una fosa tallada en el suelo, observando la pieza, gravando sus formas a fuego en la memoria. Y poco antes del amanecer volvió a enterrarla en el mismo lugar, intentando que no se notara nada. "Hasta el año que viene", le dijo antes de abandonar la tumba y mezclarse con el resto de los turistas que comenzaban a llegar.

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