Ir al contenido principal

La pareja imposible

Ana y Raul eran, a todas luces, personalidades incompatibles. El uno, religioso, conservador, de ideas fijas y poco dado a las algaradas sentimentales. La otra, una inconformista ejemplar, revolucionaria en las ideas y profundamente anticlerical. Sin embargo, contra todo pronóstico, acabaron casándose.
Entre los amigos de la pandilla hicimos una porra para apostar sobre la duración de lo que todos considerábamos un matrimonio abocado al fracaso. Desde el primer día, las discusiones y las trifulcas entre ambos fueron de dimensiones legendarias. Andaban en boca de los vecinos y en cualquier momento eran capaces de convertir una tranquila reunión de amigos en un tremendo campo de batalla en el que los demás nos veíamos forzados a tomar partido por alguno de los bandos.
A la larga, ese comportamiento nos fue apartando de ellos; nadie los quería llamar para así evitar situaciones incómodas. Poco a poco abandonaron su vida social, enfrascados en una guerra de guerrillas sin cuartel.
Sólo una vez me atreví a hablar del tema con Ana. Le dije que no entendía como ella no era capaz de cortar las ataduras de su matrimonio, a todas luces infeliz. La respuesta me dejó absolutamente helado:
– No podría vivir con otra persona. Le quiero porque es consecuente consigo mismo hasta el extremo, exactamente igual que yo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

El niño y el recuerdo

El recuerdo botaba en el umbral del patio. El niño se acercó a él con decisión y de una patada lo embarcó en el terrado. Allí quedó olvidado por veintitrés años, hasta que un viento de Levante especialmente intenso lo volvió a traer al suelo. Y el niño, ya hombre, sintió de golpe una laceración en el alma. Quiso volver a olvidar, pero fue imposible porque ninguna patada lograba ya que aquel recuerdo abandonase el patio de su memoria.

20x20x20

Entras en la sala a oscuras. El proyector dispara su haz cegador contra una pantalla blanca en la pared continua a la puerta. No puedes verles, pero sabes que todos te están mirando. Lanzas tu presentación a la pantalla y comienzas el discurso. El diagnóstico es sencillo, pero seguro que has descolocado a alguien con el tema de los nuevos perfiles de clientes. Las diapositivas van cambiando solas: te ha costado ensayar durante todo el fin de semana, pero das por seguro que ha merecido la pena. Imaginas sus caras sorprendidas, incluso alguna un poco fastidiada. Llegas a las conclusiones y preguntas: “¿alguna pregunta?”. Nadie responde; como siempre. Luego llegará un correo de algún valiente que se atreverá a puntualizar algo. Una chorrada menor, seguro. Hoy te has lucido, has cumplido la regla de los 3x20 a rajatabla: 20 minutos, 20 diapositivas y no más de 20 palabras por diapo. Apagas el proyector y buscas a tientas el interruptor de la luz. Entonces te percatas. no hay nadie, y en l…

Soñar con la Atlantida

Toda su vida había sido una espiral de sucesos que se alejaban para luego acercarse al tema central de su Universo: la Atlántida. Desde que escuchó el primer cuento sobre ella, narrado por su abuelo, supo que irremediablemente estaba atrapado por su búsqueda. Lo leyó todo, desde la descripción idealizada de Platón, hasta las versiones más disparatadas de los grupos herméticos.

Había visitado todas las posibles Atlántidas de la Tierra y había coleccionado cuanto documental, libro o folleto turístico que se había cruzado en su camino. Lo sabía todo sobre esa nación, lo posible y lo imposible y, aún así, la seguía buscando porque soñaba con ella todas las noches.

Contaba con sesenta años cuando, de la mano de su nieto, descubrió las posibilidades de Internet. Y, entre todos los recursos que descubrió, hubo uno que le hechizó de forma especial, el Google Earth. Desde que lo descargó a su ordenador se pasaba las horas analizando cada centímetro cuadrado del mapa virtual del mundo, intentando…