Muchas veces he soñado con tu regreso. Casi siempre por sorpresa, y casi siempre lo dejaba todo y te aceptaba de nuevo; el primer amor lo es para siempre, dice la canción. Pero ahora no estoy soñando, o al menos eso creo. Has vuelto, y me dices que no me has olvidado, que la vida te ha enseñado que al final lo importante son los sentimientos verdaderos... Y que yo soy lo único auténtico que hay en el baúl de tus recuerdos.
Te miro y me sigues pareciendo bella, muy bella.
Pero el tiempo ha pasado y en mis sueños tú y yo tenemos 20 años menos. El del sueño no se corresponde con el reflejo de mi espejo. Ya no soy ese. Y este ya ha dejado de esperarte.
Durante siglos, los tuaregs han contado la historia del oasis maldito. Con pequeñas diferencias, a lo largo de generaciones han narrado que existe un oasis que cada cien años, o cada 50, o cada 25, emerge desde debajo de las arenas. O viaja sobre las dunas móviles, empujado por el viento. O, simplemente, se materializa. También hay variaciones con los protagonistas. A veces son caravaneros, cada vez menos; otras, un jinete perdido en medio de una tormenta o, últimamente, algún piloto del París-Dakar extraviado. Solo se mantiene sin variación la consecuencia de entrar en su dominio. Una vez que has probado su agua, estás perdido. Si bebes y te marchas, acabarás muriendo de sed en el desierto, porque fuera del oasis la deshidratación se acelera y ninguna otra cosa que puedas beber te saciará. Pero si bebes y, además, pernoctas, entonces te quedarás para siempre, atrapado en el tiempo, condenado a una eternidad de soledad con el único alivio de poder calmar la sed. Foto: @DUA Es una...
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