Muchas veces he soñado con tu regreso. Casi siempre por sorpresa, y casi siempre lo dejaba todo y te aceptaba de nuevo; el primer amor lo es para siempre, dice la canción. Pero ahora no estoy soñando, o al menos eso creo. Has vuelto, y me dices que no me has olvidado, que la vida te ha enseñado que al final lo importante son los sentimientos verdaderos... Y que yo soy lo único auténtico que hay en el baúl de tus recuerdos.
Te miro y me sigues pareciendo bella, muy bella.
Pero el tiempo ha pasado y en mis sueños tú y yo tenemos 20 años menos. El del sueño no se corresponde con el reflejo de mi espejo. Ya no soy ese. Y este ya ha dejado de esperarte.
A veces los humanos nos enfrascamos en manías incontrolables, en gestos que no somos capaces de evitar y que nos hacen vulnerables a los demás, pues nos dejan en evidencia y nos muestran débiles y hasta ridículos ante el mundo. Yo hace días que vengo sufriendo una, aunque no se trata de un movimiento físico. Ojalá fuera eso. He notado que, cada vez con mayor frecuencia, me pongo a hurgar en mi alma. Sé que suena raro, y hasta increíble, pero lo cierto es que desde que descubrí que la tengo, no puedo dejar de meter el dedo en ella y remover. Y, para colmo, lo que me produce más placer es rascar los residuos del fondo, los que están pegados a las paredes. Y cuando lo hago, el humor se me transforma y me vuelvo un ser arisco e irritable. No sé que hacer para deshacerme de esta funesta manía. Sobre todo porque el otro día, no sé en que zona rasqué, que sentí morir, y he cogido miedo. ¿No habría algún sistema para cambiar este tic por otro más sencillo como el de comerse las uñas?
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