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El Caníbal


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Con el hambre agarrada a tus tripas no piensas con claridad, ni te mueves con la suficiente rapidez. Estaba solo, entre dos ejércitos que no me conocían, rebuscando entre los escombros algo que comer. Pero era evidente que alguien con más hambre que yo había pasado antes y era incapaz de encontrar nada.
Es en ese momento que probé la carne humana. Bajo los escombros de una tapia derruida vislumbré un pie. Me dio la impresión que era de mujer, aunque no estaba para fijarme demasiado. Tiré de aquel pie para sacar el cuerpo de los escombros, pero no pude moverlo. Me di cuenta de que estaba frío y, por tanto, muerto, aunque aún el olor a podredumbre no había sido capaz de vencer al de la guerra. Entonces lo vi, casi enterrado por los cascotes de la pared: un chusco de pan, una joya para un hambriento. Apenas lo sacudí un poco, con ansia me llevé el pedazo a la boca y lo mordí con fuerza.
Junto con el tacto del pan en mi boca, noté un intenso dolor en la mano. Me había seccionado el dedo. De primeras escupí aquello con repulsión pero, casi inmediatamente, pensé que hacía mucho que no comía carne y que la falange ya estaba perdida...

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