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El dato perentorio

–Vamos, que es para hoy. ¿No ve usted la cola tan larga que hay?
– Si que hay cola, sí. Ni que esto fuera el fin del mundo. Tampoco creo haya mucha prisa, yo no los veo impacientes. Le decía que mi fecha de nacimiento es el 15 de octubre de 1967, aunque me adelanté 3 semanas. Al menos eso me contó mi madre que dijo el médico. Es posible que ese adelanto, por supuesto esto es sólo una conjetura, haya tenido que ver con la forma en la que se ha desarrollado luego mi vida.
– Eso ya me lo había contado hace un rato. Además, no es esa la fecha que le he pedido.
– Ya, pero es que precisamente usted debería comprender que nada es tan sencillo. Algunas cosas requieren una explicación. Desde pequeño me enseñaron que las cosas dependen siempre del color del cristal con que se miren. Y, dada la importancia del trámite, creo que debo ser especialmente exhaustivo en este caso.
– Claro que el trámite es importante, pero con sus circunloquios lo único que consigue usted es retrasarlo. Y es una estupidez, ya no hay vuelta de hoja.
– Bueno, bueno. No se ponga así. ¿Mi fecha de defunción? Hace justo dos días, o eso creo, porque lo de estar muerto altera bastante la percepción del tiempo. Fue el 30 de enero. Y recuerdo que la mañana amaneció extrañamente fría.

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