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Cuándo éramos hijos

Vivir a escondidas de las preocupaciones, al cobijo de unos brazos más poderosos, sabios y grandes que los propios. Jugar a ser mayores, imaginando que los problemas siempre tienen solución. Jugar a ser salvajes, sin medir las consecuencias ni temer las represalias.
Unir con saliva y lágrimas los desgarros en las rodillas; mentir con mirada huidiza sobre las causas de las heridas.
Romper zapatos, pantalones y mochilas sin conciencia de coste; pedir el cielo y las estrellas sin miedo a pedir demasiado. Llorar cuando te duele, cuando te cogen, cuando te humillan, cuando te apetece, sin temor a resultar demasiado débil.
Reñir con tus mejores amigos, cortar un hilo invisible y volver a unirlo con tijeras digitales. Contar tus sueños y tus miedos, y saber que siempre hay un último refugio entre los brazos de mamá.
Ser hijos.

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