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El piropo

"Anoche me hice una paja pensando en mí haciéndome una paja pensando en tí".
Estaba acostumbrada a exabruptos de ese calibre. Era la manera en la que ellos le recordaban que, por encima (más bien por debajo) de su hábito y de las leyes, ella era una mujer. Nunca antes como en aquel lugar le habían hecho sentirse tan femenina.
Aunque mostraba desprecio y enfado por las groserías proferidas por los reclusos, en el fondo, se vengaba mentalmente de los que consideraban natural su opción por la vida en religión. Cada uno de los "claro", "ah" o "ya", eran una manera de confirmar su fealdad.
En esta ocasión, no reaccionó como el resto de las veces. Miró al hombre que había gritado aquella obscenidad: un bruto y violento confeso, enormemente resentido con todos, y al que todos apodaban el feo. Desvió su camino normal y se acercó a la puerta de su celda. "Gracias", le dijo. Y se alejó luciendo un coqueto contoneo que pensaba olvidado en la puerta de alguna fiesta adolescente.

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Hurgando en el alma

A veces los humanos nos enfrascamos en manías incontrolables, en gestos que no somos capaces de evitar y que nos hacen vulnerables a los demás, pues nos dejan en evidencia y nos muestran débiles y hasta ridículos ante el mundo. Yo hace días que vengo sufriendo una, aunque no se trata de un movimiento físico. Ojalá fuera eso. He notado que, cada vez con mayor frecuencia, me pongo a hurgar en mi alma. Sé que suena raro, y hasta increíble, pero lo cierto es que desde que descubrí que la tengo, no puedo dejar de meter el dedo en ella y remover. Y, para colmo, lo que me produce más placer es rascar los residuos del fondo, los que están pegados a las paredes. Y cuando lo hago, el humor se me transforma y me vuelvo un ser arisco e irritable. No sé que hacer para deshacerme de esta funesta manía. Sobre todo porque el otro día, no sé en que zona rasqué, que sentí morir, y he cogido miedo. ¿No habría algún sistema para cambiar este tic por otro más sencillo como el de comerse las uñas?

Dos puntos

No le había prestado demasiado atención al premio. En el fondo pensaba que no tenía ninguna posibilidad de ganar, y en ningún caso esperaba atraer la atención de nadie. Llevaba ya más de 250 cuentos escritos y apenas había recibido visitas en todo ese tiempo. Sin embargo, para su sorpresa, comenzaron a aumentar los accesos a su web de relatos minimalistas y su obra apareció entre las más votadas del concurso (logró 2 puntos). "¿Y si ganase?" Pensó. Y luego soñó que ganaba, que su rostro aparecía en las páginas del diario, que sus hijos le miraban con orgullo y que su suegra dejaba de ningunearle. Y fue feliz al menos una noche.

El oasis maldito

Durante siglos, los tuaregs han contado la historia del oasis maldito. Con pequeñas diferencias, a lo largo de generaciones han narrado que existe un oasis que cada cien años, o cada 50, o cada 25, emerge desde debajo de las arenas. O viaja sobre las dunas móviles, empujado por el viento. O, simplemente, se materializa. También hay variaciones con los protagonistas. A veces son caravaneros, cada vez menos; otras, un jinete perdido en medio de una tormenta o, últimamente, algún piloto del París-Dakar extraviado. Solo se mantiene sin variación la consecuencia de entrar en su dominio. Una vez que has probado su agua, estás perdido. Si bebes y te marchas, acabarás muriendo de sed en el desierto, porque fuera del oasis la deshidratación se acelera y ninguna otra cosa que puedas beber te saciará. Pero si bebes y, además, pernoctas, entonces te quedarás para siempre, atrapado en el tiempo, condenado a una eternidad de soledad con el único alivio de poder calmar la sed.   Foto: @DUA Es una...