Ir al contenido principal

El año que alcancé la inmortalidad

En 1982 yo tenía 14 años y aún no sabía lo que era el dolor. A lo largo de aquel año descubrí que podía vencer mi terrible timidez, que era capaz de cantar en público, de disfrazarme de payaso y de dejarme la voz vendiendo boletos para una tómbola. Descubrí que había deportes en los que podía aspirar a ser algo más que el portero suplente. Aquel año, en un viaje en autobús hasta Valencia dejé de ser un pringado para el conjunto de mis compañeros de clase, y en otro viaje en barco hasta Mallorca vislumbré que podía llegar a liderarlos. Aquel año paseé con la dulce Inma cogidos de la mano y en la oscuridad de un cine nos besamos por primera vez. A finales del verano de 1982 yo, sin ningún género de duda, alcancé la inmortalidad.
Pero en septiembre, la ingrata Inma me dijo que ya no le gustaba. Fue en la plazoleta enfrente del portal en el que ambos vivíamos, y yo le respondí desde mi recién adquirida seguridad de adulto que no me importaba. Pero mientras la veía alejarse, de mis ojos escaparon unas lágrimas aún de niño y con ellas también huyó mi inmortalidad.

Comentarios

Entradas populares de este blog

El niño y el recuerdo

El recuerdo botaba en el umbral del patio. El niño se acercó a él con decisión y de una patada lo embarcó en el terrado. Allí quedó olvidado por veintitrés años, hasta que un viento de Levante especialmente intenso lo volvió a traer al suelo. Y el niño, ya hombre, sintió de golpe una laceración en el alma. Quiso volver a olvidar, pero fue imposible porque ninguna patada lograba ya que aquel recuerdo abandonase el patio de su memoria.

20x20x20

Entras en la sala a oscuras. El proyector dispara su haz cegador contra una pantalla blanca en la pared continua a la puerta. No puedes verles, pero sabes que todos te están mirando. Lanzas tu presentación a la pantalla y comienzas el discurso. El diagnóstico es sencillo, pero seguro que has descolocado a alguien con el tema de los nuevos perfiles de clientes. Las diapositivas van cambiando solas: te ha costado ensayar durante todo el fin de semana, pero das por seguro que ha merecido la pena. Imaginas sus caras sorprendidas, incluso alguna un poco fastidiada. Llegas a las conclusiones y preguntas: “¿alguna pregunta?”. Nadie responde; como siempre. Luego llegará un correo de algún valiente que se atreverá a puntualizar algo. Una chorrada menor, seguro. Hoy te has lucido, has cumplido la regla de los 3x20 a rajatabla: 20 minutos, 20 diapositivas y no más de 20 palabras por diapo. Apagas el proyector y buscas a tientas el interruptor de la luz. Entonces te percatas. no hay nadie, y en l…

Soñar con la Atlantida

Toda su vida había sido una espiral de sucesos que se alejaban para luego acercarse al tema central de su Universo: la Atlántida. Desde que escuchó el primer cuento sobre ella, narrado por su abuelo, supo que irremediablemente estaba atrapado por su búsqueda. Lo leyó todo, desde la descripción idealizada de Platón, hasta las versiones más disparatadas de los grupos herméticos.

Había visitado todas las posibles Atlántidas de la Tierra y había coleccionado cuanto documental, libro o folleto turístico que se había cruzado en su camino. Lo sabía todo sobre esa nación, lo posible y lo imposible y, aún así, la seguía buscando porque soñaba con ella todas las noches.

Contaba con sesenta años cuando, de la mano de su nieto, descubrió las posibilidades de Internet. Y, entre todos los recursos que descubrió, hubo uno que le hechizó de forma especial, el Google Earth. Desde que lo descargó a su ordenador se pasaba las horas analizando cada centímetro cuadrado del mapa virtual del mundo, intentando…