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El día que la escasez de pinzas para tender la ropa reveló el fin del mundo


En ocasiones una noticia, en principio de lo más inocente, puede ser el adelanto de una hecatombe. Andrés no se encontraba bien en los últimos días, pero no era algo físico. Su temperamento usualmente alegre y festivo llevaba trasmutado a la melancolía desde hacía semanas y no sabia muy bien el porqué.
Tal vez para entretener su abulia decidió dedicar el fin de semana al cambio de armarios, lo que le llevó a poner varias lavadoras. Tantas que para primera hora de la tarde ya no quedaban pinzas para tender. Andrés se puso la cazadora y los zapatos de andar y salió a buscarlas al supermercado de su barrio. Pero no había, así que fue a otro y luego a un tercero porque tampoco las había en el segundo. Allí las tenían de plástico. Pero él, convencido luchador contra el exceso de plásticos en el medioambiente, decidió volver a casa y apañarse con perchas y colgando juntas varias prendas.
Todo hubiera quedado en una anécdota si no hubiera sido porque el fin de semana siguiente, cuando acudió a mismo supermercado a hacer la compra reparó en que aún estaba vacío el hueco del estante de las pinzas. Tanto le llamó la atención que se lo comentó al cajero quien, más pendiente de su móvil que de sus clientes, le comentó de forma despreocupada que ese hueco llevaba ya casi un mes y que estaban pensando servir pinzas de plástico.
De camino a casa, Andrés fue planeando sus siguientes pasos. Intentó convencer a su ex y a los niños para que fueran con él, pero no le tomaron en serio. Los vecinos tampoco entendieron por qué, de la noche a la mañana, Andrés se despidió del trabajo, vendió la casa, cargó su coche y su remolque con decenas de cajas de alimentos envasados y se fue. Los pocos que le preguntaron, quedaron convencidos de que había perdido la cabeza. Andrés hablaba de una catástrofe planetaria: no quedaba madera en el mundo, lo que implicaba que la capacidad de los ecosistemas para regenerarse se había extinguido y con ella lo harían la totalidad de las especies del planeta.
Nadie sabe donde huyó, pero algunos no pudieron por menos que recordarle cuando años después salió a la luz pública, a través de una filtración del MI5 británico, que los gobiernos del mundo llevaban años evitando decirles a sus ciudadanos que la vegetación del planeta estaba siendo devorada por una bacteria imposible de matar y que, salvo milagro de última hora, la mayoría de los seres humanos estábamos condenados a la muerte por inanición en un plazo de tiempo relativamente corto.

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