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Vivir frente a Lolita

Gestionar el corazón no siempre es fácil. Y, menos, si la tentación es tu vecina. Su padre es un ruso de espaldas tan anchas como Siberia, y con tatuajes que cubren toda su piel. Al menos toda la piel que yo le he podido ver. Su madre tiene también aspecto patibulario aunque, sin duda, debió ser bellísima no hace demasiado: es la única explicación para que de ambos naciera un ángel como Lola. Rubia como los trigales de su Estepa y con los ojos de un azul profundo que miran con la desvergüenza de la lujuria. Sus curvas jóvenes prometen placeres carnales simplemente al moverse. Incluso su voz parece que acaricia cuando me habla.
Un día se estos, ni el recuerdo gangsteril de sus padres, ni el doloroso de mi mujer e hijo podrán refrenar por más tiempo mis deseos. Y entonces Lola tendrá que decidir si cumple todas las promesas que me ha hecho desde que un camión de mudanzas la metió en mi vida, o si prefiere seguir jugando con el fuego de mi alma para el resto de la eternidad.

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Hurgando en el alma

A veces los humanos nos enfrascamos en manías incontrolables, en gestos que no somos capaces de evitar y que nos hacen vulnerables a los demás, pues nos dejan en evidencia y nos muestran débiles y hasta ridículos ante el mundo. Yo hace días que vengo sufriendo una, aunque no se trata de un movimiento físico. Ojalá fuera eso. He notado que, cada vez con mayor frecuencia, me pongo a hurgar en mi alma. Sé que suena raro, y hasta increíble, pero lo cierto es que desde que descubrí que la tengo, no puedo dejar de meter el dedo en ella y remover. Y, para colmo, lo que me produce más placer es rascar los residuos del fondo, los que están pegados a las paredes. Y cuando lo hago, el humor se me transforma y me vuelvo un ser arisco e irritable. No sé que hacer para deshacerme de esta funesta manía. Sobre todo porque el otro día, no sé en que zona rasqué, que sentí morir, y he cogido miedo. ¿No habría algún sistema para cambiar este tic por otro más sencillo como el de comerse las uñas?

Dos puntos

No le había prestado demasiado atención al premio. En el fondo pensaba que no tenía ninguna posibilidad de ganar, y en ningún caso esperaba atraer la atención de nadie. Llevaba ya más de 250 cuentos escritos y apenas había recibido visitas en todo ese tiempo. Sin embargo, para su sorpresa, comenzaron a aumentar los accesos a su web de relatos minimalistas y su obra apareció entre las más votadas del concurso (logró 2 puntos). "¿Y si ganase?" Pensó. Y luego soñó que ganaba, que su rostro aparecía en las páginas del diario, que sus hijos le miraban con orgullo y que su suegra dejaba de ningunearle. Y fue feliz al menos una noche.

El oasis maldito

Durante siglos, los tuaregs han contado la historia del oasis maldito. Con pequeñas diferencias, a lo largo de generaciones han narrado que existe un oasis que cada cien años, o cada 50, o cada 25, emerge desde debajo de las arenas. O viaja sobre las dunas móviles, empujado por el viento. O, simplemente, se materializa. También hay variaciones con los protagonistas. A veces son caravaneros, cada vez menos; otras, un jinete perdido en medio de una tormenta o, últimamente, algún piloto del París-Dakar extraviado. Solo se mantiene sin variación la consecuencia de entrar en su dominio. Una vez que has probado su agua, estás perdido. Si bebes y te marchas, acabarás muriendo de sed en el desierto, porque fuera del oasis la deshidratación se acelera y ninguna otra cosa que puedas beber te saciará. Pero si bebes y, además, pernoctas, entonces te quedarás para siempre, atrapado en el tiempo, condenado a una eternidad de soledad con el único alivio de poder calmar la sed.   Foto: @DUA Es una...