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El marqués de Vacaverde

De su padre había heredado la incapacidad más absoluta para los negocios y una tendencia natural a la indolencia. Afortunadamente, de su madre recibió una suculenta herencia, un marquesado de nombre ridículo y una asistenta que, aunque sólo era un par de años mayor que él, llevaba toda su vida en la familia. Como cada noche, Vacaverde sintonizó su televisor en uno de los canales que menos se parecía a los demás y esperó la llegada de ella. Como cada noche, ella se arrodilló ante el marqués, le abrió la cremallera y comenzó a succionarle el pene.
Durante años había vivido con la ilusión de que tarde o temprano se casaría con ella, primero creyó que la causa era su madre, pero cuando la matriarca por fín dejó en paz a los vivos, se dió cuenta de que el nuevo marqués nunca había tenido la menor intención de mezclar su noble estirpe con la de una simple criada. Al principio él también buscaba complacerla, sus encuentros furtivos estaban llenos de caricias, besos y hasta promesas, pero poco a poco, el marqués había ido perdiendo el interés, hasta llegar a este acto desprovisto de pasión y cargado de costumbre. Como cada noche, ella esperó en vano un beso, una caricia o una palabra y, terminada su labor, pidió permiso para retirarse a dormir.
No obstante, ella seguía enamorada porque sabía que más tarde, cuando llegara la madrugada y los miedos acosaran el sueño de su señor, éste volvería, como cada noche, a buscar la seguridad entre sus sábanas y el día le encontraría abrazándola como la primera vez.

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