Durante generaciones ella y sus antepasados habían vivido a la sombra de la gran casa. Para ellas, un auténtico oasis en medio del implacable desierto, a pesar de los perros, los gatos y las trampas con los que los humanos de la casa intentaban acabarlas.
A pesar de ello, en cuanto el viento de su desgracia comenzó a soplar, lo notó en lo más profundo de la espina dorsal. Y cuando el viento tiró el candil que prendió la cortina en la que se inició el incendio más pavoroso que jamás registraron las crónicas de la villa, ella ya estaba corriendo hacia la noche profunda y fría del desierto, sabiendo que desde ese mismo instante su vida no volvería a ser la misma.
No quedaba nadie a quién informar de su descubrimiento, tampoco había nadie que quisiera escucharlo. Todos habían vuelto a casa para celebrar con los suyos que la humanidad había escapado por los pelos de una extinción masiva. Los cálculos previos realizados por la IA especializada de la NASA habían sido corroborados por los hechos por la europea y por la japonesa. El meteorito no chocaría contra la Tierra. Pasaría muy cerca, eso sí, generando algunos fenómenos extremos en el clima y en las mareas. Unas consecuencias en cierto modo terribles, pero nada comparado con la desaparición de la especie humana. Imagen creada con GPT Nadie se había molestado en revisar aquellos cálculos. Simplemente se los creyeron. Pedro Atacama, ingeniero especializado en trayectorias orbitales, un inmigrante de segunda generación que había logrado sobresalir gracias a su facilidad para las matemáticas, era la única persona en el planeta consciente de lo cerca que estaba el final de todo. Él había participado...

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